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De que soberania hablamos

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Albert Camus afirmaba que para los cristianos, la revolución se dio al comienzo de la historia, mientras que, para los comunistas y sus seguidores del siglo XXI, la revolución ( su revolución) pone punto final a la historia. En otras palabras, después de ella no podría acontecer nada que la contradiga o desvirtúe. Sin embargo, hay quienes piensan -como Salvador de Madariaga -que jactarse de estas revoluciones gloriosas es tan estúpido como jactarse de una gloriosa apendicitis.

Las revoluciones en Latinoamérica son jactanciosas, se toman el nombre de Bolívar o cualquier otro héroe para magnificarlas y esgrimen la suprema soberanía como un blindaje para permanecer al margen de cualquier injerencia, al mismo tiempo que se declaran internacionalistas y saltan como liebres cuando uno de los suyos queda expuesto a la mirada de la comunidad internacional. El concepto mismo de soberanía se ha corrompido. Ya no es una expresión de todo un país, de una nación; hoy es la expresión individual y a veces irracional de quien presume estar asistido por su pueblo o de quien se aferra torpemente a sus dogmas. Son muchos los casos que lo demuestran y, entre nosotros, el ataque al campamento de Angostura es uno más. Se acusó a Colombia de haber violentado nuestra soberanía en su lucha contra el narcoterrorismo y el crimen organizado. El campamento “estable” de las FARC que nuestro Gobierno no supo descubrir, era visitado por algunos de nuestros compatriotas revolucionarios. No cooperamos en la lucha por la erradicación de esa criminal organización que, coincidentemente, era cofundadora del Foro de Sao Paulo. Así, el negocio de la droga siguió bajo el falso pretexto de luchar contra el imperialismo yanqui. Hoy formamos parte de ese Foro y nos jactamos de ello y de la gloriosa revolución que hemos emprendido.

¿Soberanía violentada? Un presidente hondureño fue destituido por los órganos judiciales de ese país por estar implicado en la narcoruta internacional del momento. Hugo Chávez y nuestro presidente Correa volaron a Tegucigalpa en su afán de contrarrestar la decisión legítima y soberana de ese Estado. Casi se van a las armas. La Rousseff seguramente será destituida por el parlamento brasileño en un proceso ceñido a la ley brasileña y por haberse descubierto una descomunal corrupción de miles de millones de dólares que arranca desde los tiempos de Lula. Pero nuestra Asamblea Nacional, fiel al sectarismo de nuestro Gobierno, irrespeta imprudentemente el ejercicio legítimo de esas facultades y lo condena por afectar a una compañerita de sus aventuras revolucionarias.

¿Soberanía? La base norteamericana de Manta volvió a manos ecuatorianas. Se coreaba “Patria o muerte” y “Yanquis go home”, festejando el despido de esa supuesta lacra imperialista. Tras corto lapso Manabí se pobló de narcotraficantes y hoy es zona de tránsito internacional de la droga, aún cuando nuestro orgullo patrio se lo anuncia robustecido. ¿Conjura internacional? Nunca antes vimos que la descomposición de un país como Venezuela alcanzara tan absurdos niveles. Maduro es un energúmeno enajenado por el sectarismo que caracteriza a la revolución bolivariana y por su propia ignorancia. Sin embargo, cualquier acción correctiva que se intente con sujeción a las convenciones internacionales tendrá el rechazo soberano de los presidentes comprometidos con esa torpeza histórica. Un rechazo que no es consultado al pueblo verdaderamente soberano y que lo escupen sin fórmula alguna. Su desvergüenza es ilimitada: se limitan a afirmar que “es obvio” defender a Maduro. Lo obvio es que el principio de soberanía ha sido concebido para la protección de sus dirigentes, ordenando a sus rebaños y a sus huestes chilladoras que secunden la burda farsa soberana, cuyo verdadero significado no ha sido ni será logrado mientras estén encaramados al poder.

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