Y ahora silencio y reflexion

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Y ahora silencio y reflexion

No ha sido la que acaba de concluir en su primera vuelta una campaña electoral atosigante. La crisis económica que vive el Ecuador también se ha reflejado en el presupuesto con que han contado los candidatos para su publicidad. Pareciera que se han limitado, salvo excepciones, al consumo de los fondos destinados por el Estado para esos fines.

La crisis política se ha visto igualmente reflejada. También, salvo excepciones, casi no se ha contado con propuestas ilusionantes. De allí la afirmación de que el gasto en publicidad, no en propaganda, resultó exiguo.

Cabe destacar que, salvo los recientes condenables incidentes, la campaña ha revestido pocas manifestaciones de violencia. Ello es un buen síntoma de progreso en cuanto a madurez cívica. Un pesimista podría señalar que lo que ocurre es que no ha existido el entusiasmo que en otras ocasiones propicia una indeseable agresividad.

Otro observador, conocedor de la influencia del clima en los comportamientos humanos podría aventurar que la relativa mansedumbre se ha derivado de lo recio del invierno.

En todo caso, en lo de fondo, las decisiones que se tomarán el próximo domingo tienen una trascendencia inocultable.

Luego de un período, el más largo de la historia, bajo la conducción de una misma fuerza política, los ciudadanos deberán determinar si se le reitera la confianza o se busca una salida alternativa, en ánimo de enfrentar, sin el fardo de los errores acumulados, la severa situación actual.

Debe por tanto estar claro en una mayoría de ecuatorianos, que el esfuerzo a cumplir por los nuevos gobernantes requerirá, luego del esclarecimiento de la real condición en que se recibe el gobierno, de un trabajo mancomunado que tendrá que comenzar a realizarse a partir del 20 del presente mes, de modo que la segunda vuelta, en abril, se cumpla sin las incertidumbres del presente y más bien cuente con algunas certezas en cuanto a lo que hay que hacer y cómo lograrlo.

Obviamente, conseguir el propósito planteado exigirá de los dirigentes políticos un grado de responsabilidad frente al futuro propio de estadistas.

Tal vez la magnitud de la crisis una vez develada sea el argumento irrefutable para así proceder a las rectificaciones indispensables.

Además, cabe reseñarlo, actuar de otra manera sería una imperdonable traición al porvenir.