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Sepamos corregir

Quedó como quien ya no tiene más por qué gritar, sintiendo cómo a través de sus ojos desorbitados se iba la mirada para bañarse en la catarata altisonante de términos de ligero y grueso calibre con los que era amonestado por su madre. Estaba el niño imperturbable; miró el rastro de sangre que bajaba la escalera por la que había ido antes el cuerpo de su hermana, y tras el fino cristal de su aparente ausencia, dijo: “era solo una broma, solo le puse el pie”. Giró sobre sus talones y se fue protegido por la coraza de su indolencia y envuelto en la vanidosa soberbia de sus derechos.

¿Acaso un cuento, un retrato? Lastimosamente, habla de los tiempos que vivimos: niños que hacen por hacer, que crecen libres en el mundo de su egoísmo, sin normas, sin guía, sin horarios, sin ajustes que los formen y les enseñen a convivir, y con padres que penosamente, no aprendieron a corregir ni a formar.

Desde que los psicologismos invadieron el mundo familiar y cruzaron de brazos a los padres, se vive un tiempo en que estos no tienen opciones para sentarse a formar, para conversar con sus hijos, y a través de anécdotas, fábulas, parábolas, enseñarles modelos de vida que diferencien el bien del mal, el buen acto del malo y a distinguir el bueno del mal ejemplo.

Frustrados por no poder castigar a la vieja usanza, dando un chirlazo a los hijos, gritan, se exasperan e insultan, agrediendo acaso con más fuerza y violencia la mente del infante que aquella que un chancletazo hubiese dejado en la piel.

La otra alternativa es dejar hacer, no enterarse, evadirse, mudarse de casa mientras “ellos” están activos y volver cuando van a la cama. Decir no es otra estrategia relegada: no formar, no pulir, y es entonces cuando nos estamos equivocando.

Aprendamos a corregir al niño como padres y como educadores, desde nuestro rol, desde la gestión que nos corresponde ejercer en la vida, pues no somos ni sus amigos, ni sus empleados, ni sus vasallos. Somos aquellos seres que llevan el timón de la barca que los conducirá a buen puerto, desde la cuna a la vida profesional, familiar, social; en fin, a la madurez.