El secuestro interminable

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El secuestro interminable

Cerca de cumplir un mes desde los incidentes, aún se escuchan voces que sostienen que el Gobierno fue secuestrado por la dirigencia indígena en la última intentona golpista. Y tienen razón: lo que vimos aquel domingo de octubre fue un secuestro en el que el victimario dictó las normas del rescate. Y el Estado, o sea todos, lo está pagando.

A diferencia del 30-S, al que sus defensores llaman “un golpe blando” quizás porque sus argumentos son muy blanditos, este fue un atentado a la democracia en toda regla. Pero la razón se les acaba allí. Un poco de memoria nos obliga no solo a reclamar por la violencia de cierto sector indígena, sino a recordar que este ha sido un mecanismo que hemos sufrido o, incluso alentado, más de una vez. Y que no siempre quienes lo han impulsado han sido grupos como el de los indios, a quienes hemos históricamente excluido. Ecuador es un Estado que ha soportado más de 40 veces un secuestro de sus instituciones.

Empecemos: cada vez que existe un golpe de Estado hay una violación constitucional. Nuestra lista es de 38 casos, entre fallidos y exitosos. Lo fue contra Abdalá Bucaram, con la barbaridad adicional de que no se permitió la legítima sucesión en favor de la vicepresidenta Rosalía Arteaga; también contra Jamil Mahuad, con la barbaridad adicional de que su vicepresidente Gustavo Noboa se posesionó... ¡ante los militares!; o contra Lucio Gutiérrez, al que echamos por mentiroso, usando mentiras: fue un golpe, no una revuelta forajida.

No solo los golpes significan un secuestro. ¿Cómo llamamos a los gobiernos que obedecieron consignas de exportadores, terratenientes o banqueros? ¿Cómo llamamos, por ejemplo, a los que beneficiaron la burbuja bancaria que destruyó la economía nacional y la de cientos de miles de ecuatorianos?

¿Cómo se llama a un régimen que trabaja para servir a un sector, por poderoso que sea? Un gobierno secuestrado. Por indígenas hoy, por banqueros ayer, por militares 10 veces. Un demócrata debería decir siempre: “ninguno de ellos me representa”. No por banquero o indígena: por golpista. No me representan los culpables del secuestro interminable.