Sacar a la universidad del abismo en que se debate

Cuando a través de los medios de comunicación me entero de las noticias que se originan en la Universidad de Guayaquil, a la que varios años asistí como estudiante de la facultad de Economía, no puedo dejar de recordar las palabras de un excompañero, quien en una tertulia entre amigos nos dijo hace unos pocos días, que entre los graves desastres que están pasando en el Ecuador, además de la corrupción, inseguridad ciudadana, desempleo, etc... está la situación por la que atraviesa nuestra centenaria y emblemática ‘alma mater’, otrora gestora de grandes proyectos y emprendimientos dignos de una admirable civilización, con un riquísimo patrimonio cultural.

Pues bien, los ecuatorianos, especialmente los guayaquileños, que de alguna forma hemos estado vinculados a la vida y desenvolvimiento de la Universidad de Guayaquil, en la que obtuve mi título profesional, no podemos más que advertir, con profunda tristeza, la ausencia absoluta de progreso académico, científico, cultural y desarrollo productivo comprometido con los valores morales, éticos y cívicos que acusa hoy en día y, lo que resulta peor todavía, su permanente crisis institucional, que la coloca como un ente invariablemente enredado en los hilos de la política, la ambición y la irresponsabilidad.

Cuánta lástima produce observar que a nadie le importa el aspecto académico de la universidad. Todo el interés de la comunidad universitaria se dirige aparentemente a tomar partido por una u otra corriente política, demostrando, hasta en eso, su inconmensurable atraso y su ceguera frente a lo que ocurre en el mundo.

Es verdad que no todo es malo en la universidad porteña, existen facultades en las que aún se pueden estudiar; hay maestros que todavía merecen el respeto y el aprecio por su esfuerzo, su valor y aporte a la enseñanza, aún, en fin, hay algo de vida en la Universidad de Guayaquil. Nuestra ‘alma mater’, claustro donde se educaron y brillaron con su cátedra vibrante y apasionada varios expresidentes de la República, personajes del talento y de la trascendencia pública del doctor, Carlos Alberto Arroyo del Río y el Ab. Jaime Roldós Aguilera, para dar solamente dos ejemplos, no puede morir; no podemos dejarla morir asfixiada y exangüe, privada del oxígeno del progreso y de la sangre de la ciencia y la virtud.

Mario Vargas Ochoa