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Diario Expreso Ecuador

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Una revolucion ‘Macroneconomica’

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Ya se cumplió el décimo aniversario de la crisis financiera mundial que se inició el 9 de agosto de 2007, cuando el Banque Nationale de París anunció que se había evaporado el valor de varios de sus fondos, los cuales contenían bonos hipotecarios estadounidenses, supuestamente los más seguros en existencia. Desde ese fatídico día, el mundo capitalista avanzado atravesó por su período más largo de estancamiento económico desde el desplome de Wall Street en 1929, que terminó con el estallido de la II Guerra Mundial. ¿Se podría haber hecho algo para evitar la “década perdida” de bajo desempeño económico desde aquel inicio de la crisis? ¿Por qué desde la crisis se han implementado tan pocas de las políticas que podrían haber mejorado las condiciones económicas y aliviado el resentimiento público? Milton Friedman declaró que las políticas gubernamentales para mantener el pleno empleo eran “manifiestamente equivocadas”. La revolución de los fundamentalistas del mercado que él ayudó a liderar en contra de la economía keynesiana duró 30 años. Pero así como el keynesianismo fue desacreditado por las crisis inflacionarias de los setenta, el fundamentalismo de mercado sucumbió a sus propias contradicciones internas en la crisis deflacionaria del 2007. Los economistas creen que las políticas que aumentan el ingreso nacional (libre comercio y la desregulación), siempre son beneficiosas desde el punto de vista social, sin importar cómo se distribuyan estos mayores ingresos. Esta creencia se basa en un principio denominado Óptimo de Pareto, que supone que las personas que ganan mayores ingresos siempre pueden compensar a los perdedores. Por tanto, cualquier política que incremente el ingreso agregado debe de ser buena para la sociedad, porque puede hacer que algunas personas sean más ricas sin dejar a nadie en peor situación. Pero, ¿y si esa compensación no ocurre en la práctica? ¿Y si las políticas del fundamentalismo de mercado prohíben específicamente la redistribución del ingreso o los subsidios regionales, industriales y educativos que podrían compensar a quienes sufren a causa del libre comercio y de la “flexibilidad” del mercado de trabajo? En ese caso, el Óptimo de Pareto no es socialmente óptimo en lo absoluto. En cambio, las políticas que intensifican la competencia (en el comercio, los mercados laborales o la producción nacional), pueden ser socialmente destructivas y políticamente explosivas. La ideología dominante de la no intervención gubernamental intensifica, de manera natural, la resistencia al cambio entre los perdedores a consecuencia de la globalización y la tecnología, y crea problemas abrumadores en la secuencia de las reformas económicas. Para tener éxito, las políticas monetarias, fiscales y estructurales deben aplicarse conjuntamente, en un orden lógico y de refuerzo mutuo. Pero, si el fundamentalismo de mercado bloquea las políticas macroeconómicas expansionistas y previene la distribución del impuesto o del gasto público, la resistencia populista al comercio, la desregulación del mercado laboral y la reforma de pensiones se encuentra destinada a intensificarse. Si la oposición populista hace imposibles las reformas estructurales, esto fomenta la resistencia conservadora a la macroeconomía expansiva. Si la “Macroneconomía” -el intento de combinar las políticas estructurales conservadoras con la macroeconomía progresista- logra reemplazar al fundamentalismo de mercado que fracasó en 2007, la década perdida del estancamiento económico podría pronto llegar a su fin, al menos en Europa.

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