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Relaciones humanas en tiempo de campana
En época de lluvia todo se transforma, los cerros se vuelven verdes, las nubes bajan, el cielo se vuelve blanco y cuando pasa la tormenta este se abre para dar paso a la luz. Así me imagino a nuestro país el momento en que el pueblo decida en las urnas. Los candidatos visitan pueblos, parroquias, recintos y barrios; empiezan a actuar con alegría, regocijo, saludan al aire, abrazan a los escogidos, besan a los frágiles y se arrodillan para finalizar la escena con una foto magistral. ¿Cuál sería la mejor manera de llegar a los ciudadanos sin eufóricas exaltaciones de felicidad y de promesas? Realmente no lo sé, pero tiene que haber otra manera.
Cuando he preguntado a varias personas en los pueblos, barrios, recintos, si sienten algo cuando los visitan, responden que saben a lo que vienen y que para ellos eso es normal, aprovechando cualquier cosita. Pero todos coinciden en algo: hay demasiados candidatos. Poner límites también es necesario para controlar la cantidad y calidad, no creo que sea por el sueldo que se lanzan.
Hoy en día muchos hasta se sienten presidenciables. ¿Será porque quieren combatir la corrupción, dar agua potable, erradicar la delincuencia o administrar apropiadamente los fondos del Estado? Un punto muy importante que no desarrollan en su discurso.
La política se rodea de alianzas, cuotas y amistades, que no necesariamente suman al equipo, pero están. Las relaciones humanas en tiempo de campaña son como la marea, suben y bajan desbordando emociones, visibilizando acciones y escarbando promesas, hasta que ese día, el más esperado, llega y de repente cambian el chip. Los que pierden mueven fichas entre los que han ganado y todo vuelve a la normalidad. “Ahora todo será distinto”. Al final nadie se ha peleado con nadie “por siaca”. Si ganó, tengo un puesto, y si perdió, también.
La marea, como sube, baja, pero el problema es lo que la marea trae. Seres vivos u objetos inertes que quedan atascados aceptando lo que venga. No es política es sobrevivencia.