Reflexiones sobre la violencia

  Actualidad

Reflexiones sobre la violencia

La república se gestó, desde su inicio y hasta la mitad del siglo XX, en una matriz de violencias étnica, social, religiosa y política generadas por actores sociales en conflicto, que provocaron desde guerras civiles, cuartelazos, dictaduras, movimientos guerrilleros, protestas sociales, entre otros hechos que protegen, generalmente, intereses locales y particulares de caciques y caudillos. La violencia es una relación social.

Posteriormente, el proceso de modernización iniciado en la presidencia de G. Plaza produce un crecimiento y fortalecimiento paulatino del Estado y de sus aparatos ideológicos-represivos, que asumieron el monopolio de la fuerza y, por ende, el control constante de una progresiva violencia social, resultado de la expoliación, aumento de las desigualdades y fracturas entre estamentos societarios. En este escenario se destacan la presencia de nuevos actores como medios de comunicación, que reemplazan al púlpito en el manejo de la violencia simbólica; el protagonismo de débiles tiendas políticas donde empiezan a destacarse los movimientos populistas, que logran redistribuir mendrugos de la riqueza nacional a sus famélicos electores a los que acaban traicionando. Y los sectores populares, amodorrados y vigilados, que en varias coyunturas se sublevaron y fueron masacrados, lo que no cuenta para desmemoriados analistas. Grandes segmentos no llegan al “mínimo civilizatorio” destacado por N. Bobbio.

Nuestra democracia se ha construido sobre la violencia; desde Velasco hasta Correa varios de los mandatarios intentaron perpetuarse en el poder, hasta las últimas dictaduras de FF. AA. Incluso exprófugos de la justicia y políticos mediocres intentan pescar a río revuelto y se tornan cual Eróstrato en incendiarios de la república y su democracia, y no apoyan la construcción de la paz y reconciliación.

Problemas como el totalitarismo económico global, cuyo pensamiento único genera mayor desigualdad e inequidad; miremos a Chile: desconfianza ciudadana a las élites políticas y dirigentes, y ausencia de mecanismos de participación horizontal son generadores de violencia y obstáculos a una sociedad democrática.