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Recuento y legitimidad

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Empecemos por usar correctamente el idioma. La palabreja “reconteo”, como tantos otros barbarismos que han aparecido en la década, no existe. Aun cuando no guste el cuento, el término correcto es “recuento”.

Y el recuento no es, ni puede ser, una muestra aleatoria. Si esta elección ha de resultar legítima, la única forma de legitimar será con el recuento total de los votos. El escrutinio es de categoría similar a la de un censo, y en los censos no se hacen inferencias sino deducciones que nacen de los resultados del proceso.

La ilegitimidad se produce por los vicios y defectos de la elección del dos de abril, ya conocidos. Las iglesias y otras instituciones propuestas por el Alcalde de Guayaquil son respetables, pero no están calificadas para dirimir el entrevero que ha armado la función electoral con sus jugarretas. Los actos de escrutinio deben ser públicos, y todas las objeciones razonables, de la parte que vinieren, deben ser comprobadas contra las reglas del conteo. Son reglas, a la postre, sencillas: los votos son para cualquiera de los dos candidatos, o son nulos o blancos, y deben corresponder, en la suma total, al número de personas empadronadas: no a los muertos, los ausentes, o quienes por cualquier razón no consten en el respectivo padrón.

Hacer un recuento no es, por lo tanto, física cuántica. Lo que ocurre es que están descalificados los compadres y militantes. Ya permitieron que el acto electoral sea entre el Estado y sus recursos usados como propiedad privada de un partido, contra el candidato opositor; que proliferen las noticias falsas y se haga de la mentira y el engaño los mensajes de la política; que en forma abusiva y canallesca se amenace o abuse a cualquier medio que exprese resultados contrarios a los que se pretende imponer; que se dé a un candidato como ganador cuando aún no existe tal; y que, exhibiendo conducta propia de las tiranías, se utilice a la policía como fuerza de choque, blandiendo sus toletes y armaduras contra manifestantes, hombres y mujeres, que han marchado en forma pacífica por las calles del país para manifestar su repudio ante el tongo que pretende consumarse.

El abuso de la fuerza pública es el símbolo de la represión que imprime este régimen en sus postrimerías, y que, me temo, será pan nuestro de cada día, si es que quien gobierne no tiene la suficiente legitimidad como para imponer, democráticamente, los remedios que se requieren para restaurar al país y sacar a la economía de la postración en la que queda. Este gobierno ha escogido el modelo venezolano de gestión, y la realidad nos muestra, exactamente, el muladar en el que aquello se convierte.

Expreso mi profundo respeto y admiración hacia quienes han salido a las calles a hacer oír su voz y, con su presencia, le han evidenciado a los de turno que no se permitirá que el futuro se talle, al igual que en los demás países de la órbita castro-chavista, como uno de falta de libertad, miseria económica, represión política, y corrupción rampante. Mi saludo puntual a los quiteños, hombres y mujeres, que con su resiliencia y determinación, constituyen la más sólida fuente de esperanza en momentos que cunde la pesadilla del siglo XXI.

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