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Como (re)nacen las democracias
En su excelente último libro, How Democracies Die (Cómo mueren las democracias), Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, profesores de la Universidad de Harvard, emplean la experiencia internacional para analizar el tema. En casos recientes, como Hungría, Polonia, Turquía y Venezuela, o más antiguos, como Italia, Alemania, Argentina o Perú, la democracia no murió porque un gobierno elegido hubiera sido derrocado, sino por obra de los líderes electos. El “modus operandi” es sorprendentemente similar. Un demagogo populista elegido elimina o debilita los mecanismos de control y equilibrio de su autoridad socavando la independencia del poder judicial y de otras instituciones, restringiendo profundamente la libertad de prensa, desnivelando la cancha para que sea más fácil ganar elecciones, y deslegitimizando y encarcelando a sus adversarios políticos. Venezuela proporcionó muchas de las lecciones; su democracia ya es un cadáver. ¿Debería postergar el restablecimiento de la democracia y enfocarse en destituir al presidente Nicolás Maduro y en reactivar la economía, o debería restablecer la democracia antes de abordar problemas económicos? En Venezuela primero se destruyó el liberalismo para desempoderar a las élites productivas, eliminando en la práctica los derechos de propiedad, lo que produjo un enorme éxodo de quienes podían organizar la producción. Este proceso coincidió con un auge petrolero y un endeudamiento externo masivo. La abundancia de dólares convenció a la camarilla gobernante de que el Estado podía reemplazar a la élite productiva a través de la nacionalización y otras formas de propiedad colectiva. No pudo, pero un torrente de importaciones baratas enmascaró su espectacular ineficacia. Mientras duró el espejismo, se toleraron elecciones moderadamente competitivas: el país se había transformado en una democracia iliberal. En 2014 se desplomó el precio del petróleo, la máscara cayó y la economía implosionó. En 2015 el electorado eligió una Asamblea Nacional con mayoría de oposición de dos tercios, indicando a Maduro y a sus secuaces que ni una democracia altamente iliberal sería suficiente para conservar el poder. En ese momento Venezuela se convirtió en una verdadera dictadura. Hoy será imposible restablecer la democracia liberal si se permite que el régimen actual regrese y expropie nuevamente. Su recuperación depende de su capacidad de transformar la catástrofe en un conjunto de normas sociales nuevas de esta índole: “nunca más volveremos a...”. En Perú, las lecciones de hiperinflación de la primera presidencia de Alan García sirvieron de fundamento a 25 años de estabilidad macroeconómica. En Venezuela un aprendizaje social de este tipo será más difícil de lo que fue en la Alemania pos-Hitler, pues a diferencia de este, Chávez murió antes de que cayera la máscara económica. Más fácil ha sido denunciar a Maduro sin entender la relación entre las políticas de Chávez y el desastre actual. En Venezuela no puede haber democracia estable si esta debe coexistir con un partido político totalitario grande con financiamiento de una élite corrupta que lava dinero, ni una recuperación económica robusta o duradera porque se limitaría la credibilidad de los derechos individuales. El país debe exorcizar al régimen y sus esbirros, y la visión del mundo que los puso en el poder.