confinamiento
La Policía Nacional suspende un bautizo en el barrio La Cascada (Cuenca).CORTESIA

Quebrantadores del confinamiento

La desobediencia civil tiene un trasfondo. ¿Insensibilidad con la muerte? ¿Cuestión cultural? ¿Desafío al desgobierno de la crisis?

Eran las horas iniciales del primer fin de semana del confinamiento decretado por el Gobierno ecuatoriano para frenar nuevos contagios de la COVID-19 en 16 provincia del país y las denuncias comenzaron a llover en las centrales telefónicas de la Policía Nacional, del Servicio Integrado de Seguridad ECU-911. Ese fin de semana terminó con cifras altas: 1.220 alertas de fiestas en domicilios, 836 escándalos públicos, 547 aglomeraciones, 20 locales clausurados.

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Personas en grupo celebraban bautizos, matrimonios... bebían en las calles, jugaban en algunas canchas y hasta un alcalde, la máxima autoridad de un cantón manabita, apostaba (por mencionar lo mínimo) en una gallera junto a otras personas... La del fin de semana, se trata de la segunda cuarentena obligatoria después de más de 10 meses del fin de la primera al inicio de la pandemia, en marzo del año pasado. Pero si no fuese por los operativos policiales y que gran parte de los ecuatorianos habitantes de 16 provincias del país obedecían las medidas de restricción, podría decirse que era un fin de semana normal.

Pero las cifras de contagios y muertes por el coronavirus dicen lo contrario. Es por eso que tras conocerse los números que provoca este desacato civil, hay quienes no entienden y llueven las interrogantes. ¿Qué les ocurre a los ecuatorianos? ¿Han perdido el miedo a la muerte? ¿Es una cuestión cultural, de educación familiar? ¿Es quizá algo más grave: producto de la pérdida de legitimidad de la autoridad? También hay quienes consideran que el Gobierno no ha mandado mensajes claros a los ciudadanos y ha dado muestras de desgobierno, en una crisis como la actual, que requiere que todos (Estado y ciudadanos) remen hacia el mismo lado.

Este es uno de los puntos en los que Alfredo Santillán Cornejo, sociólogo y máster en Antropología, docente de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), se apoya para aseverar que no se puede o no se debe satanizar a la población ecuatoriana. Más cuando desde el inicio de la pandemia ha sido esa la tesis principal del Gobierno: señalar a la población civil, cuando ha sido el Estado el que falló en el manejo de la crisis. “Producto de esto es haber tenido cuatro ministros de Salud y una cantidad enorme de decisiones erráticas”, opina Santillán.

836 escándalos en espacios públicos cuando en 16 provincias del país primaba el toque de queda.

EXPRESO convocó a varios analistas sociales para tratar de entender esta reacción popular que se observa apenas se inicia el toque de queda. Uno de ellos es Carlos Tutivén Román, sociólogo de la Universidad Casa Grande, quien entre las causas de la desobediencia civil destaca una: “la pérdida de legitimidad de la autoridad (que resultó tan inmoral como un delincuente común)” y que terminó por mellar moralmente la conciencia ciudadana.

Las medidas gubernamentales son tan inocuas como lo son las conciencias posmodernas. Pensar que habrá menos contagios por confinarnos los fines de semana, a pesar de que la gente sale despavorida de lunes a viernes, es ingenuo, o revela la impotencia de gobernar una sociedad hipercondicionada por el capitalismo y sus secuelas. El mensaje de tantas incoherencias es intuido por la gente como lo que en realidad es el poder en estos tiempos”, agrega Tutivén.

El Gobierno recurría a cadenas diarias para mencionar que la pandemia no ha acabado, pero por otro lado convocaba a unos comicios presidenciales en los que se respetó el aforo dentro de los recintos electorales, pero en los exteriores no hubo autoridad capaz de controlar el desorden, que aportó en buena medida para acercar al país a los tristes días de marzo y abril del año pasado.

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Para la guayaquileña Arelly Zapata Chóez, miembro de la Asociación Ecuatoriana de Psicólogos, esa actitud de mellar el orden establecido no es solo propia del ecuatoriano; se ha visto lo mismo en Francia, Italia, España, alega. Y considera que desde el punto de vista psicológico, es complejo analizarlo, porque no se sabe cómo el cerebro humano va a canalizar un hecho inédito para la humanidad como es el evento que se está viviendo. “De acuerdo con su capacidad, va a tener una actitud resiliente, de desafío, o entrará en negación. Esta pandemia no se parece a nada de lo que hemos vivido antes. Y por lo tanto, cada respuesta que tenga no es predecible, no es coherente ni lógica. Es la respuesta a un virus desconocido que ha generado un impacto enorme en lo social, en lo físico, en lo psicológico y en lo económico”.

Para Santillán, hay que considerar que el confinamiento del 2020 implicó estar tres meses sin ver a la familia, a los amigos; luego de eso, en las fiestas de fin de año, volvieron los confinamientos. Pese a eso, el nuevo año inició con la posibilidad de recibir la vacuna (una luz al final del túnel), lo que generó una sensación de confianza que determinó que muchos, por no decir la mayoría, bajaran la guardia.

Guayaquil y Loja. En el primer fin de semana de toque de queda, estas ciudades concentran el mayor número de detenidos por incumplir el confinamiento.

“Más que insensibilidad a la muerte, es una normalización. Dejó de ser algo extraño, aprendimos un poco a convivir con el virus. Y esta necesidad de reencuentro y el saber que había una salida médica, al parecer estarían desalentando las medidas de distanciamiento”.

Tutivén también ahonda en el análisis de este punto. “Más fuerte que el miedo a morir por la pandemia, es el miedo a no tener dinero. Acompañado del miedo a perder los estilos de vida que se impusieron en los años del frenesí global de intercambios”.