El presidente grita, delira, se arrebata...

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El presidente grita, delira, se arrebata...

Aires de pandemia y “nueva normalidad” marcaron ayer la ceremonia de informe presidencial más extraña de la historia.

Informe a la nación 2020, invitados.
Distancia. Ni siquiera todos los asambleístas caben en el hemiciclo legislativo con las nuevas reglas.Cortesía Asamblea Nacional

Hora y media o poco más. Dos discursos: uno deshilvanado y desprolijo, otro enardecido y contencioso. Dos canciones en modo Zoom. Un puñado de invitados en la sala, irreconocibles tras sus mascarillas, sentados a dos metros unos de otros. Dos grupitos más, también aislados en frías habitaciones que transmiten la opresiva sensación de un hospital psiquiátrico distópico… El informe presidencial de este año está marcado, tanto en forma como en contenido, por el ominoso ambiente del coronavirus.

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Son las once de la mañana. En Quito, solitarias cacerolas suenan aquí y allá desde las ventanas, en acatamiento a la convocatoria correísta, pero no consiguen convencer a nadie para que se les una. Lenín Moreno cruza puntualísimo la alfombra roja y recibe los honores militares de rigor. Lo que sigue es una colección de rarezas.

El hemiciclo legislativo luce vaciado de sus aparatosos escritorios, apenas amoblado de escasas sillas metálicas con forro blanco, como en los matrimonios. En ellas, los funcionarios lucen íngrimos, abandonados, vulnerables… En fin: por una vez, humanos. Resuenan los ecos de los aplausos en la sala semivacía cuando entra el presidente de la República desprovisto de barbijo y ocupa su lugar. Una banda militar oculta en algún pasillo interior despacha el himno nacional. Las mascarillas de ministros y asambleístas suben y bajan rítmicamente pero no se escucha voz alguna. Solo la intérprete de lenguaje de señas, en la esquina inferior derecha de la pantalla, canta a su inaudible manera. Rarísimo.

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César Litardo, presidente de la Asamblea, en homenaje a las víctimas de la pandemia pide un minuto de silencio que los militares solemnizan con tristísimos sones de corneta; saluda a la primera dama, Rocío González, atenta a la ceremonia desde una habitación de Nueva York, donde se encuentra junto a su extraordinariamente bien remunerada hija; finalmente, presenta un informe de 25 minutos que podría durar 15 si lo leyera de corrido. Porque Litardo tiene serios problemas con el teleprónter: fija la nerviosa mirada en la pantalla por la que discurre el texto y a duras penas consigue administrarlo. Inconexo, sumergiéndose en pausas tan profundas como desprovistas de significado, en las que divagan sus ojos neblinosos entre uno y otro párrafo, teje un discurso epigramático: cada línea tiene vida propia sin relación con el resto.

Informe de la Nación 2020. Foto: Asamblea Nacional. 24 de mayo de 2020.

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“Sentimos la satisfacción del deber cumplido”. “Prefiero ser un presidente cauto y no un presidente golpista”. “Nuestra misión es trabajar de manera coordinada”. “La fiscalización es un compromiso institucional y personal”. “Esta Legislatura ha contribuido con el objetivo superior de priorizar la vida antes que la economía”. “La disciplina social es la única vacuna”. Litardo alterna una serie infinita de lugares comunes con una lista aburrida de leyes aprobadas, algunas de las cuales resultan tan lejanas a la situación actual del país (la Ley Orgánica de Acuicultura y Pesca, por ejemplo), que parecen traídas de otro planeta. Con su incapacidad de plantear un mensaje específico para la crisis, el presidente de la Asamblea encarna a la perfección la anomia en la que ha caído el primer poder del Estado.

Viene después Lenín Moreno en un registro completamente diferente. El presidente de la República parece haber superado del todo la modorra de los últimos días, ese pegajoso letargo que lo embargaba y que convirtió a su entrevista del viernes en los 90 minutos más soporíferos de la televisión ecuatoriana. Ahora, por el contrario, se encuentra arrebatado, como lo exige el momento. Nada de lo que dice resulta muy convincente (casi todo lo ha dicho ya, de mil maneras) pero él grita, para que se le crea. En enorme contraste con Litardo, domina el teleprónter y el escenario. Actor consumado, maneja los tiempos y las inflexiones, representa con gran solvencia a su personaje.

Más que en las acciones ejecutadas hasta la fecha, su discurso se centra en lo que vendrá: su último año de gobierno. Salud, alimentación, empleo y mantenimiento de la dolarización son sus cuatro ejes. Pero resulta difícil, para quien lo escucha, saber dónde hay que trazar la línea que divide sus ilusiones de sus planes, sus valores y creencias de sus acciones concretas. En ocasiones, esta contradicción llega hasta el delirio, como cuando anuncia que el país se encuentra listo para exportar cien millones de dólares anuales en electricidad para Colombia, pero de las amenazas que se ciernen sobre la integridad de la hidroeléctrica Coca Codo, por el proceso erosivo del río Coca, no dice una palabra. O cuando, hablando de educación, lanza un llamado para “movilizar a la sociedad a alfabetizar”: un llamado que no calza de ninguna forma en la descripción que acaba de hacer de un país que no tiene asegurada ni su comida ni su medicina.

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En suma, incomprensible. Solo cuando despacha ensoñaciones del tipo “qué lindas son las casas que estamos entregando a la gente pobre” aparece el Lenín Moreno reconocible e inofensivo de toda la vida. Habla de lo cerca que está de terminar su gobierno y sonríe de oreja a oreja. “Encuentran una cara de satisfacción, ¿no?”, bromea. Los chistes aguados de siempre, es casi un alivio.

Todo es parte de la profunda extrañeza de un informe presidencial perfectamente consecuente con eso de la nueva normalidad. O anormalidad, que para el caso es lo mismo. Y en medio de todo, como acompañamiento, una canción: la archiconocida ‘Yo nací en este país’, interpretada, entre otras voces, por su autor, el ministro de Cultura Juan Fernando Velasco, en su segunda acción de la cuarentena luego de la entrega de salvoconductos para los mariachis. La canción que conmovió al país hace 13 años y a la que su autor, ya de ministro, no tuvo reparos en entregar a una marca de caldo de gallina para que la convirtiera en jingle, hace ahora un último intento por tocarnos el corazón con arreglos nuevos. Tardío, como todo lo demás.