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Periodistas y medios
Últimamente he coincidido con periodistas de primera calidad en eventos sociales, profesionales, incluso en encuentros casuales. Escuchar sus historias, después de más de un año en el que, casi a tiempo completo, ejerzo mi profesión, la vena por la justicia se acrecienta y reflexiono de la misma manera que lo hago ante las injusticias del poder público.
En los medios hay una inversión que exige la legítima recuperación de dinero a través de una programación en la que se incluyen noticias y opinión política. Generalmente, cuando hay buenos administradores, el negocio es bueno. Cuando lo que hay es ebriedad de poder en sí mismo y en competir, se rompen los números. Se convierten en autoreferentes y la comunidad de pensamiento no existe. O quiebran o se salvan de milagro. Y nunca hay liderazgo. Hay solo buen o mal negocio.
En medio están los buenos periodistas, convencidos de estar allí porque la gente que está afuera quiere creer en alguien y busca un mejor país. Están los que vibran frente a una investigación que la justicia ordinaria no se animó a iniciar, están porque no quieren impunidad.
Entre el dinero que levantas haciendo buena producción y la buena fama que dan buenos periodistas, el medio puede ser rentable para el dueño y rentable en valores para la gente. Pero adentro también se cuecen habas.
Escuché a buenos periodistas haber sido maltratados y despedidos cobardemente. Uno de ellos, por ejemplo, ahora ejerce la función pública y se pregunta con qué autoridad levantan la bandera de transparencia si dentro de casa fueron deshonestos.
En buena hora son excepciones y por eso son muy conocidos en el círculo decente. También está siendo conocida una nueva generación de propietarios de medios con otra concepción y, sin desaprovechar mis honores a aquellos empresarios honestos que siguen o se retiran, miro con atención y entusiasmo el reto de los jóvenes en no confundir el dinero con la ética y la imagen con la verdad.