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Padres de adictos preven que sus hijos volveran a las calles

Representantes de personas en recuperación de drogas marcharon para evitar cierre de clínicas informales. Cuestionaron la atención en centros de salud pública.

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Alexi Soriano respiraba hondo para no llorar. A su alrededor, un centenar de personas reían, gritaban, bailaban y se tomaban selfis. La marcha pacífica que a las 09:00 de ayer protagonizaron dueños, internos y padres de familia de clínicas de rehabilitación informales de Guayaquil parecía una fiesta.

Alexi prefería alejarse del tumulto y del sol que a las 11:00 empapaba de sudor su rostro moreno. Su sonrisa iba desapareciendo de a poco cada vez que recordaba lo que su hijo Cristóbal padeció por su adicción a las drogas.

Por eso la madre de familia acudió a la protesta, para pedir a las autoridades que no clausuren los más de 90 centros no legalizados en la ciudad. Desde el pasado 11 de enero, cuando 18 personas fallecieron en un incendio en uno de estos lugares en el suburbio, se han realizado operativos para cerrar a los clandestinos.

Alexi tiembla solo de pensar que esto ocurra con Nuevo Amanecer, donde Cristóbal está internado desde hace dos meses. En ese lugar, afirma la madre, consiguieron que dejara de consumir ‘H’, la droga que lo tenía “muerto en vida”. Lo que más le aterra, suspira, es que vuelva a la calle.

La salsa choke que salía estridente de un parlante negro ahogaba su voz entrecortada. Los otros manifestantes, en especial los más jóvenes, bailaban en la avenida Malecón y Aguirre, justo frente a la Gobernación del Guayas.

Dentro de la entidad, 10 representantes de clínicas informales presentaron una propuesta para evitar la clausura. Kevin López, coordinador de una de ellas, visualiza una escena catastrófica.

“Si se cierran todas las instituciones no legalizadas, los jóvenes recaerán, se va a incrementar el robo, se van a incrementar los adictos, se van a incrementar las muertes por sobredosis. ¿A dónde irán todos esos chicos?”, reflexionaba el muchacho de 23 años, que también fue consumidor. Él se rehabilitó en una de estas clínicas, dice, porque cree que no hay suficientes cupos en las que tienen licencia.

Según registros del Ministerio de Salud Pública, en la Zona 8 (que comprende Guayaquil, Durán y Samborondón) solo hay tres centros especializados en tratamiento para personas con consumo problemático de drogas para estas jurisdicciones. Las tres, en total, tienen cupo para 91 personas.

Adicional, hay cinco centros privados legalizados por la Agencia de Aseguramiento de la Calidad de los Servicios de Salud y Medicina Prepagada (Acess), pero según algunos padres los costos para la rehabilitación, que superan los 1.000 dólares, están fuera de su alcance económico.

Alexi gana el sueldo básico. Ella intentó acceder a la rehabilitación a través del MSP, pero su propio hijo terminó pidiéndole que lo encadenara a la cama porque sentía que el tratamiento ambulatorio no funcionaba. Ese recuerdo le duele.

Relataba que, antes de ingresar a Cristóbal a la clínica informal, ella siguió la ruta de atención que propone Salud Pública. Esta consiste en acudir a un centro de salud para que un psicólogo evalúe al paciente y, de acuerdo con eso, le asigne un tratamiento mediante consultas o el internamiento.

“A mi hijo lo hicieron ir a consultas, le daban pastillas, pero salía del consultorio y volvía a consumir. Él necesitaba internarse, pero me dijeron que no, porque el niño no estaba muy metido (en las drogas)”, decía y Angella Risco la escuchaba y asentía.

Ella es madre de Carlos, un joven que está en su último mes de rehabilitación en el mismo centro donde se recupera Cristóbal.

Sacó su celular y empezó a buscar en su galería de fotos. Se lo acercó a Alexi para que mirara en la pantalla a un chico delgadísimo, demacrado. “Ese era mi hijo, antes de entrar al centro. Mírelo ahora”, describió y le tocó la abultada barriga a Carlos.

A ambas les dolió lo que ocurrió en el suburbio, pero no creen que el cierre de todos los centros sea la solución. Angella apaga el teléfono, mira a su hijo y le dice que si clausuran la institución donde él se encuentra, ella sabe que él no volverá a la calle. “¿Verdad que no?”, pronunció con ternura y le acarició el rostro.

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