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Ortega visto por Vargas Llosa
No existe “la interpretación” de un pensador connotado. Lo que lo vuelve tal, es la necesidad de recurrir a él para hablar del presente, que es lo más escurridizo que hay. Así, todas las interpretaciones resultan del forcejeo con el legado intelectual que se recibe de ese pensador.
Siempre hay en la interpretación dos fidelidades en conflicto: la del legado que está ahí y la del presente que requiere orientación y sobre todo, decisión. El resultado será el mismo: la fidelidad al legado conduce a la infidelidad a este. Y viceversa. Precisamente, lo que justifica a la interpretación, cualquiera que esta sea, es su capacidad de formular algo nuevo, diferente, insospechado, que permita entender el presente, siempre confuso y urgente.
Vargas Llosa, en su libro Las palabras de la tribu, una confesada autobiografía intelectual, asume el legado de Ortega y Gasset para dar cuenta del camino que lo condujo al pensamiento liberal.
No es fácil hablar de Ortega hoy. Si se recorre la programación de los miles de congresos, simposios y encuentros de filosofía que se celebran en el mundo, es casi imposible encontrar un espacio dedicado al pensador español, como sí existen, por ejemplo, para Platón o Hegel. Por otra parte, Ortega ha sido objeto de sendos estudios, desde Antonio Elorza, pasando por Gregorio Morán, al que cita Vargas Llosa, hasta la reciente monumental biografía de Jordi Gracia. En su recuento de Ortega, Vargas Llosa omite, en el caso de la América Hispana, el desencuentro fundamental con su obra. Se volvió más referente de académicos preocupados de un acceso no demasiado oneroso a la filosofía, que lugar de combate de los intelectuales para decidir sobre la crisis del presente, lugar en que siempre Ortega quiso estar. Este desencuentro es, por supuesto, un problema y no una falla de erudición. Por ello quizá el pensamiento liberal estuvo ausente de las colisiones de los años sesenta y setenta, donde se formó el mito del intelectual comprometido con las causas de izquierda, impenitente repetidor de las consignas de La Habana.