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Ojalá que vuelva la partidocracia

El inicio de la campaña sorprendió a Ecuador en el peor de los escenarios electorales imaginables: el de un sistema convertido en negocio o en coartada.

Caravana de Guillermo Lasso el primer día de campaña electoral, 31 dic. 20
Elecciones. El jueves pasado arrancó la campaña más corta de los últimos años (35 días) para la lista de candidatos más larga de nuestra historia.Cortesía

1. Campaña: el peor escenario imaginable

Primero, los grandes partidos que a fines de los 70 animaron el retorno a la democracia entraron en crisis. Después, el concepto mismo de partido político quedó desacreditado: la palabra “partidocracia” se convirtió en sinónimo de un modelo que había que enterrar. Finalmente, diez años de correísmo acabaron de una vez por todas con el ya maltrecho sistema de partidos.

Y ahora tenemos esto. Un régimen electoral que incentiva la conformación de movimientos minúsculos entre los cuales caben hasta empresas familiares. Partidos políticos de papel equivalentes en todo a las empresas de papel: se fundan, se registran, se guardan en una carpeta y se sacan cuando se los necesita, es decir, cuando se aproximan las elecciones; entonces, se los pone en alquiler. El correísmo no logró cumplir los requisitos para inscribirse y recurrió no por primera vez a uno de esos; Álvaro Noboa quiso hacer lo mismo...

Y lo peor: la participación electoral se ha convertido, porque el sistema y la ley así lo permiten, en una manera eficiente de conseguir inmunidad ante la ley. Rafael Correa ya había sido sentenciado en dos instancias por cohecho cuando pretendió presentarse como candidato a la Vicepresidencia. Si lo lograba, la justicia se habría visto impedida de continuar con el proceso y de condenarlo definitivamente en casación, como en efecto ocurrió. Abdalá Bucaram lleva grillete electrónico y se lo investiga por tres cargos: tráfico de armas, tráfico de bienes patrimoniales y tráfico de medicinas durante la pandemia. Ahora encabeza la lista de candidatos a asambleístas nacionales por su partido, Fuerza Ecuador, así que la justicia no puede tocarlo.

Tanto quejarnos de la partidocracia en el Ecuador, echándole la culpa de todo, para terminar en este, el peor de los escenarios posibles: el de un sistema electoral convertido en negocio o en coartada. El país necesita urgentemente una reforma que vuelva a establecer un sistema de partidos, pero ¿quién debe impulsar esa reforma? La Asamblea, producto del sistema electoral que se quiere reformar. Es decir: los correístas alquiladores de partidos, los legisladores con cuentas pendientes en el sistema judicial, en fin: no parece haber muchas razones para el optimismo.

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2. El tamaño (de la papeleta) sí importa

Paúl Carrasco dijo a este Diario que 16 candidatos no son demasiados, que expresan la diversidad del país y eso es bueno. Xavier Hervas, en un avance del noticiero de Ecuavisa para su edición de hoy, explica que le bastaría con la posibilidad de sacar el 0,1 por ciento de los votos para justificar su participación en estas elecciones: se adivina en sus palabras un argumento cargado de optimismo buenoide tan irrefutable como inservible. La verdad es que 16 candidatos son demasiados por razones estrictamente prácticas (entorpecerán el debate y lo volverán impracticable, por ejemplo) y porque, más que representar la diversidad política del país, desnudan un sistema político levantado sobre la mentira.

¿Compite Xavier Hervas por ser presidente de la República (cosa que él sabe a ciencia cierta que no logrará) o está posicionando su nombre y su figura política para ser, por ejemplo, alcalde de Quito? Y Paúl Carrasco, lo mismo que Fernando Velasco, Lucio Gutiérrez, Gustavo Larrea y algún otro, ¿están tratando de mantener a flote sus pequeños movimientos políticos? Porque no es imaginable siquiera que alguno de ellos piense seriamente que tiene una remota posibilidad de pasar a la segunda vuelta.

Esto de los 16 candidatos es un enorme simulacro en el que 13 de ellos fingen que pueden ganar mientras pagamos sus cuentas de campaña para que financien su propia agenda política, que nada tiene que ver con las elecciones: 301 mil dólares a cada uno. Se reconoce el gesto decente de César Montúfar, que quiere renunciar a ellos, pero no es seguro que eso sea administrativamente posible.

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3. Segunda vuelta: ¿un asunto de pureza?

Será la campaña más corta de los últimos años para la lista de candidatos más larga de la historia: 35 días. No parecen suficientes para cambiar lo que se sabe: que de esos 16 candidatos solo cuentan tres. Andrés Arauz tiene el apoyo de la base dura del correísmo, aquella que continúa creyendo que Rafael Correa no es culpable de cohecho y que el terreno aplanado en El Aromo es una refinería. Guillermo Lasso, que ya se postuló en dos ocasiones, nunca bajó del 22 por ciento incluso sin el endoso de los votos socialcristianos. Yaku Pérez tiene una matemática complicada: a la votación histórica del tándem Pachakutik-Unidad Popular, que es más bien escasa, hay que restar el segmento radical que apoya a los líderes de la Conaie y sumar a aquellos que habitualmente votan por la izquierda pero se califican de anticorreístas.

Tendría que ocurrir algo realmente extraordinario para que Lasso y Arauz no pasaran a la segunda vuelta. En tal caso, no parece improbable que el futuro del país termine en las manos de los votantes de Yaku Pérez. Su decisión demanda una altísima madurez política porque tendrán que elegir entre dos opciones sumamente desagradables para ellos: el autoritario o el banquero; el que aniquiló los movimientos sociales o el que cree en el libre mercado. ¿Qué harán las bases campesinas, los intelectuales, los sindicalistas? ¿Qué harán aquellos que toman el levantamiento de octubre de 2019 como un referente y coinciden, en eso, con los correístas? Un tipo como Alberto Acosta, por ejemplo, o el mismo Yaku Pérez, ¿seguirán la vía fácil del voto nulo para no mancharse? La izquierda anticorreísta tiene una decisión clave por delante: mantenerse pura o repetir la experiencia autoritaria.