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Objetivos para inversion en salud

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Si los medios de comunicación globales fueran su única fuente de información, se le perdonaría por pensar que el mayor problema de salud del mundo actualmente es el virus Zika, o que el año pasado fue el del Ébola o, antes el SARS y la gripe aviar. El pánico ante estos contagios se extendió mucho más rápido que las enfermedades mismas. En realidad, el número de muertos que han causado en conjunto es mínimo si se compara con el de las principales enfermedades infecciosas: diarrea, tuberculosis, SIDA, malaria, tétano o sarampión, o enfermedades no transmisibles (cerebrovasculares y ataques al corazón). Los actores que deben tomar decisiones globales (gobiernos y donantes), enfrentan prioridades que compiten entre sí, pero a menudo no las eligen de forma explícita o transparente. El Centro del Consenso de Copenhague, al que pertenezco, publica investigaciones y conclusiones sobre costes y beneficios de tales opciones, para proporcionar a los legisladores y al público pruebas para maximizar la eficacia de sus decisiones. En promedio, los países más pobres del mundo destinan a salud pública unos míseros $15 dólares anuales por persona. Cada año, alrededor de nueve millones mueren prematuramente (antes de los 70 años) en países de bajos ingresos como Camboya, Etiopía y Haití. Otros 19 millones de personas morirán antes de tiempo en países de ingresos medio-bajos, como India, Nigeria y Guatemala. En total, en estos países habita aproximadamente la mitad de la población mundial. Lo podríamos hacer mejor si optimizamos la prestación de atención sanitaria; eligiendo hacer frente a enfermedades de alto perfil (tuberculosis o malaria), por cada dólar gastado se lograrían $43 o $36 dólares en beneficios, respectivamente. Sería más eficaz porque los rendimientos se dirigen a objetivos claros. Por el contrario, si tratamos de mejorar todo un sistema de salud, ahorramos menor número de años de vida porque nuestros recursos se destinan a enfermedades más difíciles y costosas de curar. Los estudios realizados por el Consenso de Copenhague muestran que no debería ser la máxima prioridad tratar de mejorar los sistemas de salud de manera uniforme y en todos los ámbitos, pero sí es una excelente inversión fortalecer la capacidad de países en desarrollo de identificar y manejar los riesgos conocidos para la salud nacional y global: los verdaderos asesinos mundiales, como la tuberculosis y el VIH/SIDA. Es probable que mejorar la capacidad de respuesta de los sistemas de salud a estas enfermedades produzca avances que ayuden en otras áreas. El año pasado, al estallar la crisis del ébola en África occidental, los países más afectados tenían en general sistemas de prestación de salud muy precarios. Si hubieran tenido más solidez a nivel local, la enfermedad se podría haber detenido más rápido y tal vez nunca se hubiera asentado.

Debemos asegurarnos de que las decisiones de política sanitaria se basen en pruebas sólidas para poder sacar máximo provecho a cada dólar que gastemos, sin pasar por alto el último virus que llegue a los titulares noticiosos.

Project Syndicate

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