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Nazismo: tan americano como el pastel de manzana
¿Hay riesgo de nazismo en Estados Unidos? La respuesta corta, a pesar de los preocupantes hechos en Charlottesville (Virginia), es no. La ciudad, sede de la Universidad de Virginia (fundada por Thomas Jefferson), fue el lugar elegido por nacionalistas blancos, separatistas, neonazis, miembros del Ku Klux Klan y otros grupos de ideas similares para una marcha con esvásticas y antorchas a la manera de los nazis, que continuó al día siguiente con hechos de violencia matoneril. Un supremacista blanco llegó al extremo de lanzar su auto contra una muchedumbre de contramanifestantes, matando a una persona e hiriendo a otras diecinueve. Los grupos responsables de la violencia en Charlottesville se regocijaron con la elección del presidente Donald Trump. Y este se ha mostrado dubitativo a la hora de repudiarlos. Tras los hechos de Charlottesville, al principio Trump declaró vagamente que condenaba el odio procedente “de muchos lados”, con lo que puso en plano de igualdad a los racistas y a los que se reunieron para oponérseles. Dos días después, bajo presión en aumento, Trump emitió una declaración más firme, en la que condenó explícitamente al KKK, a los neonazis y a otros supremacistas blancos; pero al día siguiente volvió a culpar a “ambos lados” por la violencia. Todo esto es repugnante. Pero cualquiera que observe la situación fríamente podrá ver que EE. UU. todavía está muy lejos de la atmósfera pesadillesca de Alemania en 1933. Aunque es evidente que a Trump le gustaría el poder omnímodo, no lo conseguirá. No habrá una dictadura nazi en EE. UU. Pero aunque sus instituciones democráticas funcionen, la historia nos enseña que no son inmunes a las maquinaciones de programas políticos virulentamente racistas. De hecho, algunas de las leyes que sirvieron de fundamento al movimiento nazi en Alemania salieron de EE. UU. Con sus vibrantes instituciones democráticas, EE. UU. era a principios del siglo XX la principal jurisdicción racista del mundo. En su manifiesto Mein Kampf, Hitler señaló a EE. UU. como “el único Estado” que avanzaba hacia la creación de un orden saludable basado en la raza. De hecho, en este período, treinta estados de la Unión tuvieron leyes antimestizaje pensadas para proteger la pureza racial. En aquel tiempo, las instituciones democráticas estadounidenses no se opusieron a tales políticas; por el contrario, las leyes antimestizaje salieron del sistema democrático del país, que dio al racismo de muchos estadounidenses vía libre para expresarse. Y los tribunales defendieron estas innovaciones legislativas, apelando a la flexibilidad de los precedentes del derecho consuetudinario para decidir quién podía aspirar a la condición privilegiada de “blanco”. Así que la pregunta correcta hoy no es si las instituciones estadounidenses sobrevivirán a la presidencia de Trump, sino cómo es posible que sean puestas al servicio de fines injustos. Después de todo, pese a que las viejas leyes raciales ya no están, el país conserva un orden democrático agitado y la flexibilidad del derecho consuetudinario como entonces. La justicia penal estadounidense (por ejemplo) todavía es un modelo de racismo institucionalizado. Los estadounidenses deberían avergonzarse de que sus instituciones sentaran las bases para la legislación racial nazi. Pero no es la amenaza de un resurgimiento nazi lo que debe preocuparlos, sino que sus instituciones puedan ser herramientas de males que, aunque nos cueste admitirlo, son tan americanos como el pastel de manzana.