El mensaje del 5 de Junio de 1895

  Actualidad

El mensaje del 5 de Junio de 1895

Como todos los hechos trascendentes de la historia mundial, también en el Ecuador los grandes acontecimientos políticos, transformadores de la realidad hasta entonces imperante, han generado hitos que se identifican como grandes fechas señeras, ejemplares en el avance de los procesos de cambio.

En la historia de la Revolución liberal-radical ecuatoriana, que había venido acumulando sangre y gloria con el esfuerzo indoblegable de sus múltiples mártires, el pronunciamiento realizado por los guayaquileños un día como el de hoy, es uno de esos hitos remarcables.

Y en efecto lo es, no solo por las consecuencias derivadas del gesto cívico entonces realizado, sino también como evidencia de lo que en otros tiempos no se permitía que suceda, cuando involucraba situaciones límites con la traición a la patria.

Lo que la tradición ha recogido con la dura calificación de la ‘venta de la bandera’, luego de que la información de lo sucedido fue transmitida a toda la República por un periodista patriota, fue como la gota que colmó una paciencia ya por desbordarse, y entonces, los habitantes de la ciudad del 9 de Octubre y del 6 de Marzo incorporaron otra fecha de honor en el calendario de la ciudad y en el del Ecuador.

¿Qué ha sucedido de entonces a los días actuales que pareciera que ya nada conmueve, peor inflama, la voluntad de entrega al servicio de los más nobles ideales? ¿Hasta dónde, y tomándola como única medida del éxito, sin condenarlo, es permisible que la vocación de hacer dinero sea, al parecer, la única motivación que en algo logra conmover las permanentemente aletargadas conciencias de las clases dirigentes políticas, económicas y sociales?

Don Eloy Alfaro, al que ahora se acostumbra citar en su rol de hombre de empresa, que lo era y guardaba consideraciones especiales para los ciudadanos dedicados a esa imprescindible actividad, con el pragmatismo idealista que había asumido del pensamiento y la acción de don Vicente Rocafuerte y su admiración por José Joaquín de Olmedo, supo heredarnos la frase que ahora ilustra está página editorial.

Oportuno sea tratar de grabarla como lección de comportamiento. No podemos ser indiferentes a las desventuras de la nación. No podemos ser auxiliares inconscientes de la corrupción y desgracia de los pueblos, aunque seamos privadamente laboriosos.