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Mathieu de Genot: “En la arquitectura y el diseno se debe tener voz propia”

Talento y puro corazón es lo que define a este joven arquitecto y diseñador de interiores que transita por un mundo de cultura y arte en su máxima potencia.

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Con una envidiable formación en la Ècole Speciále d’architecture (Francia) y en la mismísima Columbia (Nueva York) con un máster en Arquitectura avanzada, Mathieu responde a las demandas de su profesión con un altísimo grado de conocimiento y experiencia, pero sobresalen en él su coherencia y gran sentido estético.

Es algo natural y, sin duda, heredado de su padre, Stephane Eduard Jean Georges de Genot VIII, conde de Nieukerken, quien se destaca por ser un pintor de excepcionales habilidades. O sea, Mathieu también ostenta el título de conde, décimo en la línea de sucesión, pero prefiere mantener el tema con bajo perfil (típico de los verdaderos aristócratas).

Su formalidad no solo se expresa en su forma de vestir o hablar, sino también en su pensamiento. No obstante, su simpatía y carisma son sobrecogedores. Atrapa fácilmente y enamora. Nació en Francia, pero digamos que se siente muy orgulloso de sus raíces ecuatorianas por su madre, Paulina Armijos, y porque creció en este país.

“Tengo una influencia muy fuerte de la cultura ecuatoriana y serrana sobre todo. Me encanta el Ecuador, la serranía, el páramo, ese verdor único que tiene; pero desde luego, al tener papá francés y estar en contacto siempre con Francia, tanto por mis estudios como por la familia, tengo un apego muy fuerte a su cultura”, explica.

En la Ciudad de la Luz no solo realizó sus estudios universitarios, sino que trabajó en el estudio de Odile Decq, pero el corazón lo llevó a Nueva York donde, a más de estudiar su maestría, trabajó en una importante firma de arquitectos. La experiencia en la Gran Manzana lo llevó casualmente (y por un sentido de urgencia) a adentrarse en el interiorismo.

Afortunadamente cuando decidió regresar a Ecuador llevó a cabo importantes proyectos de diseño interior, dejando su huella. “La arquitectura es una carrera de resistencia y no de velocidad, te lleva tiempo hasta encontrar tu propio lenguaje y ubicarte. Además los estudios son largos y luego el lograr convencer a un cliente que te dé un proyecto y que este se desarrolle, que se alineen las posibilidades, que haya el financiamiento, el terreno y el deseo de construir, toma a veces meses o años. Por eso lo que me ha ayudado mucho en esta carrera larga y que amo es desarrollar ciertos proyectos de design que satisfacen mi creatividad también y son más rápidos de llevar a cabo”.

Hoy por hoy, Mathieu está construyendo su tercera casa, que será un hit de diseño arquitectónico. Es la Casa del Mirador (donde fue desarrollada esta producción editorial), asentada en una ensenada donde las vistas acaparan todos los sentidos: “Cada experiencia marca y determina ciertas facetas de mi vida. En Guayaquil logré un fantástico proyecto de interiorismo, muy complejo, y donde además se forjó una gran amistad con mis clientes. En Quito también he tenido interesantes proyectos, entre esos con una familia que se reinventa siempre, con la que ahora estoy construyendo una casa muy especial, no solo por el lugar en el que está ubicada, sino por las técnicas que estamos utilizando”.

A la par, Mathieu tiene una galería de arte (posiblemente la última que queda en la capital). Allí se exhiben piezas antiguas, clásicas, modernas y nuevas. Además, es un centro de exposición de artistas aún vivos. “Me gusta poner el arte en contexto porque este tiene como objetivo cuestionar y hacer sentir, mientras que el design responde a una necesidad. El arte pregunta, el diseño responde, y su punto en común es lo estético. Eso de ‘hay para todos los gustos’ es bullshit (basura), porque se tiene o no se tiene buen gusto”.

Actualmente el arquitecto, de 43 años, lleva a cabo un proyecto para un restaurante, que dice es fantástico, y acaba de terminar una cafetería en el centro histórico de Quito. También es consultor del Paseo San Francisco, en Cumbayá, donde ocupa el rol de director creativo, desarrollando y diseñando campañas y eventos, un oficio a otra escala, pero al mismo tiempo respetando su onda creativa.

“Me gusta mantener un abanico de proyectos porque cada uno tiene una complejidad y un lenguaje único que me mantienen constantemente en búsqueda”.

¿Cómo describirías tu estilo?

Tengo una influencia muy clásica, muy francesa, y al mismo tiempo soy contemporáneo, por lo que tengo un estilo muy ecléctico. Me encanta mezclar un mueble comprado, uno heredado, y algo de diseño; entonces, la combinación, por oposición, resalta las piezas. También soy maximalista porque me gustan los objetos.

¿En Ecuador el diseño resulta un desafío porque predomina el estilo clásico, conservador?

Desafío porque hay más temor a arriesgarse. Porque si comparamos plazas, por ejemplo en Nueva York es muy difícil sorprender, porque hay mucha exposición de diseño, lo que crea cierto hartazgo. Mientras que aquí se tiene una mirada un poco más infantil que se sorprende fácilmente, lo cual es una oportunidad única y magnífica.

¿Qué está in y qué out en el diseño?

Lo que está in es ser original, tener voz propia y lenguaje propio. Y lo out es el ‘minimalismo de título’... eso de tener una casa pintada de blanco no tiene nada que ver con ser minimalista, que es un concepto de vida. Hoy se busca texturas, colores profundos, superposiciones y yuxtaposiciones que van creando y contando una historia mucho más rica.

Un sueño por cumplir

“Me gustaría diseñar una súper tienda o restaurante en Europa, donde el challenge (desafío), sería fantástico. También me gustaría redecorar el Palacio de Carondelet o poder diseñar un espacio público donde se pueda dejar una huella”.

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