Marcha atras al “brexit”

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Marcha atras al “brexit”

La realidad económica ya está pisando los talones a las falsas esperanzas de muchos británicos. Una escasa mayoría votó a favor de que el Reino Unido abandonara la Unión Europea, creyendo en las promesas de la prensa popular, y de los políticos que hicieron campaña por esa opción, de que el “brexit” no perjudicaría sus niveles de vida. Dichos niveles se han mantenido a costa del endeudamiento de los hogares; esto funcionó por un tiempo, pues el aumento del consumo de los hogares estimuló la economía del RU. Pero según las últimas cifras del Banco de Inglaterra, el crecimiento salarial en el RU no se mantiene a la par de la inflación y el ingreso real ha comenzado a disminuir. Conforme esta tendencia continúe, las familias no tardarán en darse cuenta de que sus niveles de vida están cayendo y tendrán que ajustar sus hábitos de gasto. También advertirán que están demasiado endeudadas y tendrán que desapalancarse, lo que reducirá todavía más el consumo hogareño, que viene sosteniendo la economía. Además, el Banco de Inglaterra subestimó el impacto de la inflación y tendrá que ponerse al día mediante un aumento procíclico de los tipos de interés, que dificultará todavía más el pago de las deudas familiares. Los británicos están cada vez más cerca del punto de inflexión típico de todas las tendencias económicas insostenibles, al que yo llamo “reflexividad”: lo que ocurre cuando la causa y el efecto se influyen mutuamente. Esto se agrava por la realidad política. El “brexit” es una situación que perjudica tanto al RU como a la UE. Ya es tarde para deshacer el referendo, pero la gente todavía puede cambiar de idea. Y al parecer, es lo que está sucediendo. La primera ministra Theresa May perdió la mayoría parlamentaria. La causa principal de la derrota fue el proponer que los ancianos paguen una parte sustancial de sus gastos de atención con recursos propios (extraídos por lo general del valor de las casas en que han vivido toda la vida). Otro factor importante fue el aumento de la participación de los jóvenes, a quienes les importa conseguir un empleo bien pagado, sea en el RU o en otros lugares de Europa, y en ese sentido, sus intereses se corresponden con los de la City londinense, que les da esa posibilidad. Para conservar el poder, May deberá negociar el “brexit” de otro modo. Y hay señales de que está dispuesta a hacerlo. Si encara con espíritu conciliador las negociaciones, podría llegar a un acuerdo con la UE respecto de los futuros pasos y convenir que el RU siga en el mercado común el tiempo suficiente para hacer todo el trabajo legal necesario. Esto sería un gran alivio para la UE, ya que pospondría el aciago día en que la ausencia del RU creará un enorme agujero en el presupuesto comunitario. Un esquema como este beneficiaría a las dos partes y daría a May alguna esperanza de convencer al Parlamento de aprobar todas las leyes que tendrán que estar en vigencia una vez que el RU se retire de la Unión. Es posible que May deba abandonar su mal estudiada alianza con el Partido Unionista Democrático en Úlster y alinearse más claramente con los conservadores escoceses, partidarios de una versión más blanda del “brexit”. Y si todo sale bien, tal vez las dos partes decidan renovar el matrimonio incluso antes de divorciarse.