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Manual de instrucciones
Marcos, Mateo y Lucas relatan la “misión de los doce”, a quienes “fue enviado de dos en dos”. Hay pequeñas connotaciones interesantes en cada uno, pero coinciden en las atribuciones que el Maestro les da y en las instrucciones pertinentes. En Mateo se les dice que “ni se dirijan a países de paganos ni entren en ciudades de samaritanos y que vayan más bien a las ovejas descarriadas de Israel”. Claro que, en los comienzos, no estaban los hombres como para viajes pastorales entre gentiles.
Pero Lucas, que narra lo de los doce en el capítulo 9, se inventa una exclusiva que, como siempre, tiene su intríngulis. Un capítulo más adelante (10, 1-12; 17-20) nos cuenta que a Jesús le pareció que, con solo los doce, no se iba a hacer bien la tarea porque “llegaba la hora de la cosecha abundante y había pocos trabajadores”. Así que “decidió designar a otros setenta (y dos)” y, al igual que a los Doce, “los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y lugares a donde pensaba ir”. Lucas escribía para unas comunidades que habían nacido porque muchos más que setenta y dos se habían tomado en serio el envío de Jesús y sus instrucciones.
El manual es claro y no deja lugar a dudas. La misión no es sencilla: “van como ovejas entre lobos”. Entonces y ahora, porque lo del Reino da de bruces contra el suelo de los poderes. Y es urgente: “nada de quedarse por el camino saludando a los votantes”. Van a construir comunidad: “acepten la paz, la comida y el alojamiento que les den, que tienen derecho a subsistir; formen parte de las familias que los reciban y no anden saltando de casa en casa”. Repartan la gracia del Reino: “sanen a los enfermos y digan a la gente que el Reino de Dios ya ha llegado a sus vidas”. Díganselo también a quienes no hayan querido recibirlos, que de todo habrá.
Los setenta (y dos) se fueron en parejas -(¿también mujeres?)-, trabajaron y cosecharon. Lucas era hijo de esa cosecha en la que también hubo discípulas. Y regresaron a la base a reportar. Contentísimos. Hasta un poco orgullosos: “-Señor, en tu nombre, hasta los demonios se nos sometían”. Y el Maestro, orgulloso también de su gente: “Estaba viendo a Satanás caer como un rayo del cielo”. Han experimentado los poderes que les di, “pero no se alegren de que los espíritus se les sometan, sino de que sus nombres estén escritos en el cielo”. Clarito, mis amigas y amigos. Lo importante no es el poder, sino estar en la marcha de Dios, por el camino de Dios, en el corazón de Dios.
Quienes meten la tijera en las lecturas que hacemos los domingos decidieron cortar aquí y privarnos de la expresión de alegría de Jesús, que se arranca en un aplauso a su Padre “porque le ha dado a conocer estas cosas a la gente sencilla y no a los sabios y entendidos”. Feliz el maestro con sus chicas y chicos. Feliz entonces y ahora. Solo que ahora los Doce y los setenta y dos a veces creemos que lo del Reino, para funcionar, necesita de grandes recursos que solo tienen “los sabios y entendidos” y de lenguajes que a los sencillos no les dicen nada. Las consecuencias están a la vista.
El manual de instrucciones está a disposición de todos. ¡Ah!... si alguno de los 72 toca a su puerta... ábranles. Son gente de paz. Buenos días.