Por malcriados, nos salio el tiro por la culata

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Por malcriados, nos salio el tiro por la culata

Buenas costumbres. Los amigos de Padre Aguirre y Rocafuerte en una de sus más recientes reuniones.

Como ustedes saben y conocen, mi barrio de Padre Aguirre y Rocafuerte siempre ha ocupado más de la mitad de mi vida. El deporte era una de las actividades que nos unían más, el fútbol, y especialmente el béisbol, que con nuestro equipo Coca Cola siempre tuvimos excelentes actuaciones.

En los colegios, no había asistencia a clases los miércoles por la tarde, y entonces ese tiempo lo utilizábamos en ir a entrenar, al campo del Reed Park. Subíamos la escalinata de la iglesia de San Vicente hasta los Algibes, y los reservorios de agua de la ciudad, para luego bajar hacia el campo de juego.

Cuando subíamos, comprábamos las sabrosas ciruelas, que vendían con una pequeña dosis de sal; al llegar al tope del cerro teníamos como diversión, muy mala, por cierto, de tirar las pepas de las ciruelas y unas cuantas piedras al techo del colegio Santistevan como para demostrar quién tenía los lanzamientos más fuertes.

En una de esas tardes de algún miércoles, nos disponíamos a lanzar las pepas y las piedras al techo del colegio. Pero en la terraza había un fraile, parado con las manos en la espalda; cuando empezó nuestro muy mal educado bombardeo, el “curita” sacó detrás de su cuerpo, una escopeta de dos cañones, que debe haber sido la que usaban los cazadores. Levantó el arma, y el par de disparos sonaron como las salvas, que daban desde el fortín del cerro para las fiestas de octubre. Por supuesto corrimos como “gamos” y llegamos al campo de juego realmente asustados, y más rápido que ningún otro día. Retornamos a casa, por la calle Julián Coronel, por cuanto nadie quería volver a subir el cerro. Al miércoles siguiente, volvimos a nuestro deportivo recorrido, y al mirar la terraza del colegio Santistevan, vimos nuevamente al “curita” parado con las manos en la espalda. Por supuesto a nadie se le ocurrió lanzar ni las pepas, ni las piedras, sino hacerle un saludo muy cordial al representante del colegio, el cual nos devolvió el saludo, con la satisfacción de haber terminado con nuestra malacrianza.

Recuerdos imborrables para todos quienes aún, después de tantos años, nos seguimos reuniendo y manteniendo esa maravillosa amistad.