La magnitud de la crisis

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La magnitud de la crisis

En el lenguaje común se designa como malversación no solo a la apropiación de dineros públicos sino también a su utilización en actividades diferentes a las que estaban originalmente asignados. La sospecha de que así haya ocurrido con fondos destinados a la reconstrucción de Manabí y Esmeraldas, ha despertado dudas en legisladores de la oposición, que han solicitado las debidas aclaraciones a organismos del Estado, como la Contraloría General de la Nación y, por vía de la Asamblea Nacional, al ministro de Finanzas.

El asunto es grave porque involucra un tema de alta sensibilidad, cuando en el marco de la crisis económica que a todos los ecuatorianos nos aflige en mayor o menor grado, se produjo una respuesta solidaria cuyo destino no puede ser alegremente desvirtuado.

Y lo es también porque magnifica una situación que, a la fecha, es cada vez más evidente: el país está pasando por un periodo de incremento de una profunda desconfianza en la transparencia y verticalidad de los procedimientos de algunos funcionarios públicos, cuya palabra, desgastada por el uso irresponsable y las frecuentes contradicciones, ahora se encuentra grandemente devaluada.

Se suma así una crisis de credibilidad a las diversas tensiones que afectan la buena marcha de la República y vuelven sombrío el panorama.

Sin ánimo pesimista, cabe insistir en un llamado a la reflexión, especialmente por parte de los actores políticos, de modo que las naturales tensiones de los periodos de dificultad que en ocasiones afectan a las naciones, no crezcan por el comportamiento inadecuado de quienes deberían estar trabajando por superarlos.

Cuando es previsible que los ingresos derivados de la venta del crudo no van a lograr crecer significativamente, y los créditos son cada vez más caros y difíciles de obtener, es imperativo la adopción de medidas de austeridad que le garanticen al país que, al menos, se intenta realizar un esfuerzo serio para superar una situación que negándola, o insistiendo en no asumirla como crisis, no por ello deja de ser tal.

Lo importante, en todo caso, sería no adicionarle motivos que la agraven; bastan los propios del periodo electoral que se avecina. Y, por supuesto, que las altas esferas gubernamentales admitan su existencia y convoquen, con la colaboración de todos, a vencerla.