Una Maestra, con mayuscula

  Actualidad

Una Maestra, con mayuscula

Fue esencialmente una maestra. Me refiero a Elizabeth Larrea de Granados. Probablemente haya sido uno de las pocas que en los últimos años haya reflexionado tanto y con tanta pasión sobre la educación superior del Ecuador. Pero no eran simples reflexiones e ideas en abstracto. Su pensamiento se concretó en modelos operativos que se orientaron a tratar de dotar de una dimensión humanista a las universidades del país.

Parte de su pensamiento ha sido recogido recientemente en el libro Gestión universitaria en el siglo XXI. La dimensión humanista para la formación en valores en la educación superior ecuatoriana, publicado por la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, en el que se exponen sus propuestas de modelos educativos para dicho centro universitario: para la gestión social y tecnológica de la innovación, el conocimiento y sus aprendizajes; para la investigación; y para el sistema de posgrado. En esa universidad fue catedrática y ocupó el cargo de vicerrectora académica antes de pasar a la función pública en la Senescyt y en el Consejo de Educación Superior.

Su dimensión humana se evidenciaba cuando se refería a sí misma como “formada de la contextura del Quijote, integrante de la generación de las utopías, de los que vencieron la indiferencia en tiempos de profundas incertidumbres, de los que persiguieron sueños y lucharon con compromisos y desvelos contra toda corriente y buscaron, crearon e implementaron con escasos recursos, pero con voluntades desbordantes, alternativas educativas válidas que reconocieron, profundizaron y amplificaron la condición humana, en la medida en que configurábamos nuestras propias identidades”.

Hoy no se encuentra físicamente, pero su visión permanece en sus escritos y en el recuerdo de quienes tuvimos la oportunidad de compartir con ella la amistad y la ilusión de mejorar la educación superior del país. Luego de años de lucha, y a pesar de su estoicismo, una fatídica enfermedad finalmente la venció. Esa era Liz, como afectuosamente le decíamos, una maestra, pero no una maestra cualquiera, sino una Maestra, con mayúscula.