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Luces y sombras

Luces y sombras impregnan la vida de muchos seres, especialmente de quienes son actores políticos. Viven pasajes contradictorios y ya nada resulta verdad ni mentira. Goering, jerarca nazi y coautor del holocausto judío, no se iba a la cama sin antes abrigar la jaula de su canario y asegurarse de su alimentación.

Juan Manuel Santos, ministro de Defensa de Colombia, fue para Correa poco menos que un monstruo tras bombardear Angostura, violar nuestro territorio y dar muerte a Raúl Reyes, jefe del campamento permanente levantado en nuestra “tierra sagrada”, por las FARC y visitado por algunos adherentes ecuatorianos. El “cobarde” ataque perpetrado por Santos nos llevó a romper relaciones con Colombia, pero ocho años después, Santos se redimió ante Correa firmando un acuerdo de paz con sus supuestas víctimas.

Fueron dos sucesos controversiales con los mismos protagonistas: con un Santos aborrecido y luego alabado por Correa por su “liderazgo y valentía”. Mas, Colombia dijo NO a una paz mal negociada. Un NO subestimado por Correa, aduciendo que su triunfo fue estrecho. La paz era obscura y el NO abría la senda hacia una paz clarificada.

Es imperioso acabar en el Ecuador con el correísmo y solo recordarlo como una irrepetible negatividad de la democracia ecuatoriana. La injerencia de la tendencia revolucionaria puede darse aún desde la oposición luego de su derrota electoral y el próximo presidente, cualquiera que fuere, deberá estar preparado para ello. Uribe en Colombia quiso hacerlo y la réplica de Santos llevó a la cárcel a más de una docena de funcionarios de aquel.

Al presidente que triunfare en nuestro país le corresponderá ejercer el poder, divulgar y aplicar el modelo de desarrollo que su visión político-económica y las circunstancias históricas le permitan. Sin excusas, los deshonestos deberán ser juzgados por jueces independientes, dando ingreso a la luz de la verdad en lo público.

El desarrollo sobrevendrá por fuerza de la eticidad de su gobernante, sin ceder espacios al fantasma de una revolución improvisada y dando prioridad a la rectificación de los errores de Correa, asediado ahora por dos flancos: por la comprensible oposición y por su exministro e ideólogo de la revolución, Gustavo Larrea, al calificarlo despectivamente de “advenedizo”, esto es, de extraño y ajeno a la causa, improvisado, desubicado y fuera de tiempo.

Paralelamente, las mil caras de la corrupción siguen apareciendo incontenibles y la publicidad y sus cánticos no bastarán para acallar las voces de un pueblo que se siente agraviado.

Penosos serán los días que esperan al nuevo presidente, obligado a la recuperación o a un nuevo fracaso.

La corrupción no es un tema doctrinario, sino humano, de conciencia, de amor patrio y honestidad. Quienes han mancillado con su deshonestidad el poder público toda una década, deberán desaparecer del escenario político. Su identificación es parte de la tarea de limpieza ética de nuestro país. ¡Cuán poca luz y cuánta sombra bañan al Ecuador!

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