Editorial | El Ecuador no es un botín político
Cuando el diálogo se rompe, lo que se quiebra no es una relación política: es la esperanza de ciudadanos que exigen paz
Las rencillas políticas no pueden ni deben estar por encima del bienestar ciudadano. Resulta inadmisible que el presidente de la República o los ministros de Estado anuncien el cierre del diálogo con los alcaldes de Guayaquil, Quito o Cuenca por desavenencias políticas, personales o coyunturales. Gobernar no es premiar afinidades ni castigar discrepancias; gobernar es servir al pueblo, sin excepciones ni cálculos mezquinos.
En un país golpeado por la inseguridad, donde la violencia afecta la vida cotidiana, la economía de las empresas y la tranquilidad de las familias, anteponer banderas partidistas o rencillas privadas es una irresponsabilidad histórica. La lucha contra el crimen exige coordinación, madurez política y sentido de Estado. No se puede administrar lo público como si fuera un botín ni tomar decisiones desde el enojo o el capricho.
Aunque la seguridad es una competencia del Gobierno central, los gobiernos locales cumplen un rol clave en la prevención, el orden y la articulación con la comunidad. Negarse a dialogar con los alcaldes -incluso si alguno enfrenta procesos judiciales- es desconocer la voluntad popular expresada en las urnas y cerrar puertas a soluciones concretas.
El país no necesita silencios ni desplantes; necesita acuerdos. La seguridad ciudadana no admite vetos políticos.