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La linea entre el cielo y el infierno

La franja insignia del Estado fallido venezolano. A medida que uno se aleja de Caracas el nivel de vida decae dramáticamente y la insatisfacción popular crece sin techo.

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La franja insignia del Estado fallido venezolano. A medida que uno se aleja de Caracas el nivel de vida decae dramáticamente y la insatisfacción popular crece sin techo. Al llegar a San Cristóbal, en el fronterizo estado Táchira, todos los servicios públicos parecen haberse denigrado al mínimo posible, la escasez toma formas absurdas como la venta de café sin azúcar y de hamburguesas sin mayonesa, y en las conversaciones solo hay un tema probable: el 1 de septiembre, cuando la oposición ha convocado a cercar la capital desde toda Venezuela.

En las calles, los universitarios se han organizado para recolectar fondos que financien una movilización popular que se anuncia como masiva.

Los motivos se esparcen por toda la línea de frontera: llenar un tanque de gasolina puede tomar tres horas de largas filas, la inseguridad ha decretado un tácito toque de queda desde la capital hasta la frontera que, a partir de las siete de la noche, convierte las principales avenidas en concreto desértico; en el interior las filas para conseguir alimentos agudizan su inicio por la tarde del día anterior.

Son las 15:00. Y a las afueras de un supermercado fronterizo una docena de personas se forma con termos de café, juegos de dominó y bebés en brazo.

- ¿Ya van a abrir?

- No. Es la fila para mañana. Abren a las 8.

- ¿Y qué venden?

- Bueno, vamos a ver.

Es una apuesta. A veces, después de pasar la noche en la calle, no venden nada. Lo sabe bien la familia de Julián Amores, prototipo de la clase media del interior venezolano: “trabajadores y jodidos”, se describe.

Su hogar se nutre de cinco ingresos fijos, una fábrica propia y un servicio de transporte que ya no funciona. “Hace seis meses lo tuve que parar porque se me dañó el caucho”, dice. Se refiere a una llanta averiada. Lo que en cualquier país sería una molestia, en la Venezuela chavista es una tragedia: conseguir el repuesto implicaría renunciar a diez sueldos mínimos. Simplemente imposible.

El refrigerador de la casa no está vacío. La hija de Julián, Arlenis, pasa horas persiguiendo a los contrabandistas para repagar la comida, mientras su esposo se dedica a tratar de mantener en pie una fábrica de velas en caída libre.

Antes, admitirán todos, vivían del contrabando. No exclusivamente. Pero era el ingreso adicional de todas las familias de la zona. Hoy, tres semanas después de la reapertura, solo es negocio para los militares.

La todopoderosa Guardia Nacional, desplegada por la paranoia de un Gobierno que atribuye a una guerra económica la crisis que creó, ha militarizado el interior del país: las carreteras, hospitales, supermercados. Los encargados de la seguridad nacional dedican sus días a resguardar filas para comprar pan, detener cargas de alimento y vender los decomisos en el mercado informal. Es común ver a uniformados custodiar camiones que revenden productos a los ciudadanos, así como escuchar a viva voz el requerimiento de una vacuna, como llaman al soborno, cuando un uniformado encuentra mercadería que supone ilegal.

“Hay más gente presa por pasar con harina que con cocaína”, asegura Julián júnior, hijo del señor Amores, en referencia a las recurrentes detenciones en una frontera donde la forma más común de buscarse la vida es la necesidad.

Desde la reapertura del muro chavista, casi medio millón de venezolanos ha cruzado hacia Colombia. No van solo en busca de alimentos, medicinas y moneda fuerte. Muchos no vuelven. Van en busca de una tierra mejor.

En esta zona, si las cosas no cambian y pronto, sus habitantes prevén una fuga de cerebros con proporciones hemorrágicas. “Una crisis de desplazados en camino”, lo resume el opositor Henrique Capriles en conversaciones con EXPRESO. Hay quien cree que el control fronterizo está más orientado a frenar un escape en masa que a controlar el ingreso.

“Si el 1 de septiembre no logramos algo, yo me voy”, sentencia Michael, el yerno del señor Amores. Con dos carreras en el currículo y 100 dólares en la cuenta de ahorros, Michael resume su plan: “estamos a un paso del paraíso. La última vez que fui a Colombia entré a un mercado y ya no recordaba qué es poder comprar lo que se quiera. Tenemos un paraíso al lado. Y te apuesto que aquí no va a quedarse nadie”, asegura convencido mientras sirve un vaso de jugo de pera a su sobrina de dos años, Juliana, quien corretea sin pañales por la sala.

- ¿Adri, y tus pañales?

- “Se los llevó Maduro”, dice la niña frunciendo el ceño.

La imagen es el resumen de una crisis en la que incluso los niños tienen claro a quien responsabilizar.

Durante un año, esta fue la postal más repetida sobre el país que gobierna Nicolás Maduro: un cúmulo de venezolanos que se cargaban la patria al hombro para cruzar hacia Colombia. Desde la reapertura, tres semanas atrás, el Gobierno colombiano de Juan Manuel Santos se muestra preocupado “por invasiones de venezolanos” que, según dijo, no quieren regresar a su país.

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