Ley de control en estadios

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Ley de control en estadios

La sanción que acaban de imponerle a uno de los causantes del mayor escándalo que se haya vivido al interior del estadio Monumental, durante el cotejo Barcelona-Macará, en febrero pasado, no ha sido bien recibida por la opinión pública.

N.N. asumió su responsabilidad en el hecho delictivo y por eso le dieron una condena de solo 3 años 6 meses. Al respecto, hay quienes piensan que los actos de violencia que se dan entre los artesanos del fútbol ecuatoriano, son el síndrome de estos desmanes que vivimos a diario en los diferentes escenarios del país. Advierten que no es posible que estos males, que parecen haber salido de las vísceras de quienes ganan sueldos elevados por patear una pelota, lo hayan “heredado” los hinchas al punto de causar broncas y muertes, y de esta forma alejar cada vez más a las familias que buscan divertirse sanamente con el fútbol.

Al menos, así pasó durante el cotejo Emelec-Liga, en Quito, y el día en que falleció un menor de edad en el estadio del Ídolo, cuando una bengala lanzada irresponsablemente desde la general acabó con la vida del niño Carlos Cedeño.

Si todo eso no es una barbarie, entonces ¿qué calificativo podríamos darle a los vándalos que causaron destrozos en las cabinas de radio y televisión en el estadio Capwell? Desafortunadamente, desde aquel suceso en la capital de la República, nunca más se volvió a conocer de ningún otro pronunciamiento por parte de las autoridades competentes; tampoco es hora para que haya más broncas en la FEF. Es el momento de reflexionar para que todo acto repudiable sea tratado más allá de lo deportivo.

No es justo que mientras una familia quiteña sigue lamentando la muerte de Cristian Calvache, autoridades de la Ecuafútbol aún no puedan crear una ley en la que se exija que deban ser los clubes quienes contraten su propia seguridad privada y evitar así que los estadios sigan convirtiéndose en vulgares cantinas con la venta de todo tipo de licor.

La policía civil no fue creada para que sirvan como acomodadores de sillas en los estadios. Los uniformados pertenecen a una institución respetable, que hoy más que nunca es requerida por toda la ciudadanía para que ejerza el control pleno de un país que está acosado por el flagelo de las drogas y el hampa organizada. Es cierto que hacer resistencia a veces resulta difícil, y probablemente sin esperanzas; sin embargo, habrá que apelar a la sensibilidad de quienes tienen el mando del país para buscar salir de un problema vergonzoso que incluso podría acabar con las finanzas de los propios clubes.