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Lecturas navidenas

Puede parecer ingenuo. Las Navidades y las fiestas de Año Nuevo parecen ser las menos indicadas para dedicarse a la lectura, que como se sabe es un placer solitario. Días de agitación, de encuentros y desencuentros, no siempre la felicidad acude a la cita a la que se supone obligatoriamente debe concurrir en estos días.

Por ello habría que pensar en las Navidades más como una ocasión de fortalecimiento interior que de disipación social. Más de asombro ante la sencillez de un relato de algo ocurrido en un momento y en un tiempo determinado pero que ha tenido repercusiones universales, que la cansina repetición de lugares comunes que no dicen nada.

Los libros son una especie de amigos a los que se puede reunir y llevárselos a cualquier parte para volver a conversar con ellos. Una de las riquezas de los clásicos es que precisamente pueden ser leídos de formas diferentes a lo largo de la vida sin que se pueda decir que se ha llegado nunca a poseer su significado.

Uno de esos libros es Guerra y paz, de Tolstoi, sobre todo en la nueva traducción y edición de Alianza Editorial. Si alguna vez nos hemos admirado de los cambios que experimentamos en nosotros mismos y en los que nos rodean, sus afectos, sus manías, nada mejor que participar de la odisea de esas grandes familias de la nobleza rusa que se convierten, sin saberlo, en protagonistas de los acontecimientos que dieron lugar al mundo moderno.

Tolstoi participa del entusiasmo, muy decimonónico por cierto, de pretender dar cuenta de la complejidad de lo que significa la condición humana. Nada se le escapa: transita por el escepticismo hasta llegar a una especie de desprendimiento total, que es el anuncio de lo místico.

Otro libro, difícil de conseguir pero así son los buenos libros, una verdadera iniciación espiritual es Los siete pilares de la sabiduría, del coronel T. E. Lawrence. Aventura en el desierto, retorno a las raíces de la cultura occidental; Lawrence realiza una larga travesía que da cuenta de la fragilidad de nuestras certezas pero también de la sed de infinito que nos agobia.

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