Algunos nativos aprovechaban para pedirle a Montero, entre bromas, que los lleve a la Copa América. Otros lloraban agradecidos mientras recibían las cosas.

“Despierta, Montero te quiere saludar”

Fútbol. Después de la entrega de los obsequios, Jefferson Montero jugó un partido corto con los chicos de la zona.

Jefferson Montero tardó 14 horas en llegar desde Gales hasta Guayaquil. Y casi sin descanso viajó por tres horas más hasta Manta. Su objetivo: estar junto a quienes lo perdieron todo en el terremoto.

El volante del Swansea, de la Premier League de Inglaterra, trajo tres maletas con sobrepeso desde Europa. Todas llenas de indumentaria de su equipo para repartir entre un centenar de damnificados.

Eran casi las tres de la madrugada cuando el futbolista partió desde el Puerto Principal rumbo a Manabí.

“Sé lo que es no tener nada. Sé lo que es sentir que te faltan las cosas. A mí me lo van a decir...”, destacó el jugador.

Ya en Manta, preguntó por el barrio Santa Fe, su destino final. Le dijeron que allí había un refugio que acoge a decenas de personas que se quedaron sin hogar tras la catástrofe.

Santa Fe no había copado los noticieros. Pero, al recorrer un par de cuadras, aparecieron 61 carpas tras una inmensa puerta que cumplía la función de muro de seguridad.

Faltaba un poco para las seis de la mañana. El campamento dormía. Arturo Alvarado y José Pacheco eran los guardias de turno. Les tocó preservar la tranquilidad de los demás.

Ellos no reconocieron a Montero al inicio. Incluso, les parecía que aún era temprano para recibir visitas. Pero, cuando el futbolista bajó de su auto todo cambió.

Con Montero estaban su esposa, Sonia Alvarado y sus amigos Jaime Leme y María Isabel Espinoza. Ellos abrieron las maletas repletas de camisetas oficiales del Swansea City, chompas rompevientos, pantalonetas...

En ese instante, varias personas ya sabían que Montero quería transmitirles su apoyo.

El sol ya comenzaba a aparecer cuando el volante y Sonia se alistaron para visitar cada una de las carpas.

“¡Qué bacán que haya venido! Nadie nos dijo que iba a venir. Al pana solo lo he visto por televisión y ahora está aquí. Es de no creer. ¡Qué chévere! Ni en el estadio lo puedo ver tan cerca”, exclamaba asombrado José Pacheco.

El propio Pacheco se acercó a las carpas para despertar a sus inquilinos temporales. “Despierta, que Montero te quiere saludar”, anunció.

En la primera carpa, el cierre se bajó segundos después. Una señora salió, aún medio dormida, para ver qué sucedía. No terminaba de entender quiénes eran esas personas que se agolpaban frente a su nuevo hogar.

La esposa de Montero le entregó un sobre de colores. Dentro de este había un bono de comida para canjear en un supermercado de Manta.

Fue el comienzo del partido más emotivo de Montero. En cada improvisado hogar, en cuyo interior apenas había espacio para un colchón, encontró una historia desgarradora.