Protestas. El Mundial que organizó Brasil en el 2014 dejó ver que más de un brasileño estaba en desacuerdo por el derroche de dinero que esto iba a significar en ese país.

El lado oscuro del futbol brasileno

Kauê Siqueira, futbolista profesional, perdió el control de su coche cuando iba a entrenar a Penápolis, un municipio a las afueras de Sao Paulo, donde jugaba en un modesto equipo.

Kauê Siqueira, futbolista profesional, perdió el control de su coche cuando iba a entrenar a Penápolis, un municipio a las afueras de Sao Paulo, donde jugaba en un modesto equipo.

Antes este centrocampista, entonces de 21 años, un astro en potencia según los expertos del mundillo, había pasado por gigantes como el Corinthians y el Internacional, pero un acuerdo comercial con el mayor grupo inversor en fútbol del país, el DIS, le había mandado al Penapolense. Esa circunstancia resultó ser una diferencia vital aquel 13 de junio de 2013, cuando su coche dio una vuelta de campana en el aire y aterrizó en mitad de la calzada. El joven pasó 26 días ingresado y una cirugía le dejó inmovilizado el lado izquierdo del cuerpo. Intentó volver a entrenar, pero no conseguía ni chutar el balón. A los 22 años, Siqueira abandonó su carrera.

Pero el fútbol le había abandonado a él antes. El Penapolense, pequeño como el 95 % de los equipos brasileños, se negó a costear los gastos del hospital, lo que en un país sin sanidad universal puede resultar muy costoso. También dejaron de pagarle el salario. La rehabilitación, en clínicas privadas, corrió por cuenta de sus padres, igual que la manutención de su hija de cuatro años. Y aún hoy, cuando recuerda su periplo, Siqueira lamenta sobre todo no poder jugar más.

Siqueira ha presentado una demanda para recuperar buena parte del dinero que le corresponde y un juez le ha dado la razón en primera instancia. El club ha recurrido. Esta es la tercera demanda por abandonar a sus jugadores en cuanto tienen problemas de salud.

También se enfrentan a William y Daniel Miller, dos hermanos que solían ser defensas y que tuvieron que costearse sus propios tratamientos tras lesionarse en el campo. El gerente del Penapolense, André Garcia, insiste en que el club ha cumplido con sus obligaciones.

Pero esto no es algo exclusivo de Penápolis. En Brasil, el país del fútbol, un gigante que atraviesa una grave crisis económica y donde existen 775 equipos de balompié, la mayoría de los cuales pertenece a una deteriorada clase media cada vez más baja, la precariedad se ha convertido en un cáncer general. En Sao Paulo se han presentado 500 demandas por violación de derechos laborales entre atletas en los últimos dos años: el 40 % son por la salud de futbolistas ignorados por sus clubes. El 80 % de los jugadores cobra menos de 1.000 reales (318 dólares) al mes por darle al balón. Casi ninguno de ellos tiene beneficios como prestación por desempleo o accidentes de trabajo.

Si la salud del empleado se complica, muchos clubes alegan que el deportista ya tenía una condición previa y rompen el contrato.