Jueces y etica

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Jueces y etica

Sin dudas el más alto anhelo de una sociedad es la justicia, sin ella prevalecen la inseguridad, la arbitrariedad, el aprovechamiento de unos en perjuicio de otros, lo irracional; en síntesis, se desampara a quienes obran correcta y lícitamente y se favorece lo incorrecto, afectando incluso la democracia.

La justicia es impartida por magistrados, por seres humanos que en su función deben ser dueños de una conciencia impermeable a tráficos o presiones políticas o económicas, a prejuicios, animadversión; aquello los hace imparciales, dar la razón a quien la tiene aplicando la ley sin temores ni favores. Deben meditar que con su decisión pueden afectar el honor, la libertad, el patrimonio de las personas.

El juez requiere poseer una conducta libre de sospechas, su primer deber es garantizar la leal aplicación de la ley, cuidar un debido proceso, respetar los derechos humanos, tener una personalidad en que no quepan dubitaciones, construir elementos de convicción para llegar al convencimiento de que su fallo no “hace pagar a justos por pecadores”, ni mucho menos cometer el más grave delito que se puede atrever a cometer: sancionar a un inocente.

El Ecuador vive momentos en que reclama una actitud honorable de jueces y fiscales. Los múltiples y escandalosos actos de corrupción no pueden quedar en la impunidad, aquello equivaldría a burlarse de todos, engañar al país. Es lógico que quien comete delitos como cohecho, concusión, peculado, enriquecimiento no justificado, no deja recibos firmados, evita dejar huellas, pero el juez debe empeñarse en agotar indagaciones por obtener conclusiones probatorias del delito que pesquisa, demostrando su proceder ético, sensato, su deseo de impartir justicia. La fría letra de la ley no puede favorecer inmoralidades de nadie, la justicia debe prevalecer cuando pugne con formalidades de ley .

El abogado debe colaborar con el juez, defender los intereses de su cliente no se opone a que actúe éticamente. No puede reducir su gestión a la frase atribuida a un reconocido catedrático y jurista: “el mejor abogado es un buen fajo de billetes”.