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Jesus hace una encuesta

Saltamos hoy hasta Lucas 9, 18-24, texto apretado, que en comprimidos hay que digerir los alimentos fuertes. Y aquí el Señor nos lo pone bien claro a quienes pretendemos seguirlo o decimos que pretendemos. Le salió de su adentro profundo porque “estaba

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Saltamos hoy hasta Lucas 9, 18-24, texto apretado, que en comprimidos hay que digerir los alimentos fuertes. Y aquí el Señor nos lo pone bien claro a quienes pretendemos seguirlo o decimos que pretendemos. Le salió de su adentro profundo porque “estaba orando a solas y los discípulos se le acercaron”.

Comienza con una encuesta: “-¿Qué dice la gente de mí?”. Sus amigos reportan respuestas múltiples: unos piensan que es Juan Bautista redivivo, otros que es Elías, el que tenía que venir a poner las cosas claras y otros que era la reencarnación de uno de los viejos profetas. Nota común: es un profeta de Yavé.

“-Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Silencio en el grupo, que no es lo mismo transmitir lo que otros piensan que mojarse y comprometerse. Pedro da la cara, porque a él le bullen la cabeza y el corazón. “-El Mesías de Dios”. La que se armó. Jesús se enfada y hasta se pone nervioso. “Les prohibió terminantemente que se lo dijeran a nadie”. En otro evangelio se nos cuenta más en crudo la pelotera entre el Maestro y Pedro, a quien llama Satanás. ¿Dónde estaba lo malo en esa respuesta espontánea de tu gran amigo entre los amigos, Señor? ¿Por qué prohibir que digan a los cuatro vientos lo que se supone que tú tenías que manifestar a tu pueblo?

Porque tú sabías lo que Pedro quería decir con aquella expresión: que tú eras el que tenía que llegar con gran poder para librar a Israel de todas las opresiones, comenzando por la romana, con sus legiones y sus gobernadores. Y porque, puestos en ese patín, tu predicación y tu vivir entre los pequeños se convertía en una campaña política y de fuerza. Y eso no era lo tuyo. Había que esperar a que madurara la fruta del Reino. ¿Hasta cuándo? Hasta que llegara la hora de la fe. ¿Cuándo iba a ser eso? Quien escribió el evangelio sí lo sabía. Los personajes de esta escena, no.

Lo tuyo pasaba por sufrir, por ser tenido por un pobre diablo debilitador de la fe patriótica de algunos, carne de cruz, incapaz de acaudillar una revolución, blasfemo de la ritualidad del templo... Eso no “vende”, maestro. ¿A quién va a ilusionar lo de cargar la propia cruz y, si le queda alguna fuerza, poner el otro hombro para compartir la del vecino?

Hermosa paradoja la del final de este texto: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará”. Y que nadie trate de traducir esto en martirismos de ir a morir a tierras de infieles para ganarse el título de mártir y el cielo consiguiente. Él habla del cada día, de un estilo de enfocar la vida, de hacerse cargo del trozo de realidad que nos corresponde e inyectar en ella sangre de Reino. Y de ser capaces de sonreír porque siempre se espera un sol que aparezca entre las nubes. Eso es la fe.

Por cierto: ¿qué ha contestado usted en la encuesta? Buenos días.

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