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El insólito Día de Muertos en el año de la COVID-19

Guayaquil vivirá un 2 de noviembre en un 2020 que quedó marcado por los miles de decesos con los camposantos en absoluto silencio

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Sepulturas. En Jardines de la Esperanza, en varios módulos se concentran los fallecidos entre marzo y abril.JUAN FAUSTOS SANDOVAL / EXPRESO

En el año que la pandemia del coronavirus transformó en extraordinario, se vivirá un Día de Muertos nada común. Es el año con más número de decesos y la emergencia sanitaria que afecta a todo el planeta ha vuelto a influir en la vida de los guayaquileños. Esta vez acaba por interrumpir aquella cita que cada 2 de noviembre se suscita de manera monumental, por la cantidad de personas que se convocan en los cementerios.

En un video colgado el 2 de junio pasado en el canal YouTube del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos aparece Mercedes Asencio Salinas intentando controlar sus emociones. Tras meses de búsqueda, encontró los cuerpos de sus padres, quienes murieron el 30 de marzo contagiados de la COVID-19. Luego de 51 años de matrimonio, ahora yacen en tumbas separadas, él en el camposanto Parque de la Paz, en Pascuales. Ella, en una tumba de Jardines de la Esperanza. Esta familia guayaquileña siente ahora que hay un lugar a donde acudir cuando requieren reencontrarse con el recuerdo de ellos. “Saber que mis padres están ahí nos reconforta”. Sus cuerpos fueron parte de los cientos que por meses nadie daba razón de dónde estaban.

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Justamente, Mercedes y sus hermanos decidieron la semana pasada incumplir con algo que para sus padres era sagrado: visitar a los parientes fallecidos y “prepararles una mesa” con sus platos preferidos que luego convidaban a familiares y conocidos. “Hay miedo. Aún existe el riesgo de contagio”, dice esta mujer de 38 años, que también sufrió los embates de la COVID-19, al igual que todos sus hermanos. No quiere volver a sentirse en el infierno. Eso fue para esta familia los días de la cuarentena.

“Tras morir, los tuvimos cuatro días en casa. Las autoridades no se acercaban a legalizar su muerte. Sus cuerpos reventaron y la sangre de ellos saltó hacia todas las paredes. Eso fue muy doloroso. Nos moríamos de hambre, porque no había dinero y cuando lo teníamos, nadie nos quería vender. Nos gritaban: ¡Váyanse! ¡Váyanse!”.

Entre marzo y abril, Guayaquil se enfrentó a la mayor mortandad de sus casi 200 años de historia. Más de 10 mil personas sucumbieron al virus en menos de dos meses.

Encerrados, ni hijos, ni parientes, ni amigos, ni vecinos, ni conocidos pudieron cumplir en aquellos días con la solemnidad con la que se despide en tiempos normales a una persona muerta.

Tras ocho meses desde que el país decretó la emergencia sanitaria, y casi dos meses desde que se inició la desescalada, aún prima el temor. “Allá afuera siguen los contagios y tenemos a tres hermanos a los que no les dio la COVID”, dice Patricio Dea Olvera, uno de los siete hijos de César Dea (79 años) y Francisca Olvera (78 años), quienes fallecieron el 5 y el 7 de abril. Ya estaba decidido: este 2 de noviembre no iban a visitar sus tumbas.

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Ausencias. Una persona se adelantó por varios días en la visita que en tiempos normales cumple cada 2 de noviembre en uno de los camposantos privados de Guayaquil.JUAN FAUSTOS SANDOVAL / EXPRESO

Algo similar con lo que sucedió en México, donde el ritual del Día de los Muertos fue declarado en 2008 como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, los ocho cementerios situados entre Guayaquil (7) y Samborondón (1) no abrirán para evitar más contagios. Así lo decidió el viernes pasado el COE cantonal, tras la exhortación del COE nacional.

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Antes de esto, seis de los ocho habían dispuesto un fuerte operativo de bioseguridad y aspiraban a tomar control del ingreso de las miles de personas que suponían llegarían. Sus administradores adelantaban que este 2 de noviembre no iba a ser normal.

Gisella Quizhpe, vocera de Jardines de la Esperanza, considera que ya desde antes de la orden de no abrir el Día de Muertos iba a estar marcado por la COVID-19. Los preparativos que en tiempos normales suelen hacerse para acoger a la mayor cantidad de personas, esta vez iban a estar destinados al control del ingreso.

La inversión que en tiempos normales se destinaba en la contratación de psicólogos y en la organización de actividades con globos y velas... en la nueva normalidad se iba a destinar a la compra de alcohol, desinfectantes y alquiler de equipos de sonido y video para difundir una misa que iba a tener un aforo mínimo.

En el Cementerio Patrimonial, Roberto Wong, administrador, aseguró la semana pasada que no se tenía seguridad en el número de personas que llegarían al camposanto, pero entendían que este iba a resultar un momento extraordinario. “Hay dos factores que incide en la conducta de los deudos este año. La necesidad de visitar a sus parientes y el temor que los lleva a quedarse en casa y evitar un riesgo. Pero sabemos que también hay gente que se empecina y decide cumplir su visita a pesar de cualquier riesgo”.

La pandemia del coronavirus volvió a evitar que las miles de familias que en su momento no pudieron velar a sus muertos, no pudieron despedirlos ni sepultarlos, sigan reprimiendo sus emociones, justo el día destinado para que los muertos y los vivos se reencuentren en una jornada tradicional y emotiva en los cementerios del mundo.

En casi un mes llegó lo que se esperaba en cinco años

Nadie nunca esperó el día que la demanda de inhumaciones sobrepasara la capacidad de funerarias y de camposantos. Jardines de la Esperanza recibió en menos de un mes lo que esperaba en cinco años. Pioneros en prenecesidad, se vieron obligados a responder por ventas previas.

“Tenemos 45 años vendiendo prenecesidad y lo que se planificó ocupar en cinco años se vino de golpe. De 8 inhumaciones diarias a 200. No sabemos cómo lo hicimos”, dice Gisella Quizhpe, vocera del mencionado cementerio.

Algo similar sucedió con Parque de la Paz, que de 3.324 sepulturas en el 2019, sumó hasta septiembre 5.569. “Durante los meses de marzo y abril enterró un promedio entre todos sus camposantos (2 entre Pascuales y El Fortín, en Guayaquil; 2 entre Samborondón y Durán) 3.500 personas, de los cuales 1.400 fueron derivadas del MSP y del IESS”, menciona una información entregada a EXPRESO por este cementerio privado.

Roberto Wong, del Cementerio Patrimonial, recuerda esos triste días. “Por fortuna teníamos una cantidad de bóvedas de reserva”. Hasta septiembre suma 5.825 sepelios. El 2019 fue de 4.424. “Solo en un mes hubo cerca de 2.600 inhumaciones, cuando tenemos un promedio de 300 a 350 mensuales”.