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La informalidad se instala en las ciudadelas del norte
Vendedores de frutas, legumbres y comida se apoderan de aceras de Sauces, Alborada y Samanes. Unos se quejan; otros dicen que es más barato.

Son las cinco de la tarde y diez personas llegan en dos camionetas hasta el semáforo de la intersección entre las avenidas Francisco de Orellana y Teodoro Alvarado Oleas, a la altura de la ciudadela Samanes 6, en el norte de Guayaquil. Se estacionan y empiezan a descargar varias cajas.
Cruzan la calle y mientras unos acomodan las gavetas junto a uno de los árboles que están en el parterre central, otros sacan las frutas y legumbres, las separan y las guardan en fundas que luego venderán.
Acomodar el ‘local’ les toma como media hora y ya cuando está casi todo listo, los hombres empiezan a ofrecer los productos al tiempo que los vehículos paran frente a la luz roja del semáforo.
Ese es uno de los cinco pequeños ‘mercados’ que se forman en las aceras y parterres de las distintas etapas de ciudadelas como Sauces, Alborada, Samanes y Villa España y que EXPRESO pudo constatar en un recorrido. Un panorama que hasta hace algunos años solo se visualizaba en varias calles del centro y en las zonas periféricas de Guayaquil.
“Esto un problema porque se nos llevan a los clientes. Si usted viene a la tienda y ve que le ofrecen una piña por 50 centavos menos, usted compra allá. Es obvio. Es una competencia desleal”, explica Marcela Tapia, propietaria de una tienda de víveres en la avenida Francisco de Orellana.
Tapia precisa que si antes recibía a diez clientes, ahora atiende a seis durante el tiempo en el que los vendedores se apropian de la avenida. “Los policías los desalojan, pero minutos después regresan”, asegura.
Como ella, opina Francisco Avilés, otro comerciante de la avenida Gabriel Roldós Garcés, en Sauces 6. Ahí, en cambio, los ‘mercados’ informales se instalan los sábados y domingos por la mañana y se van luego de las dos de la tarde.
“Casi que cierran una de las calles paralelas porque no entran en la acera. Se ponen dos o tres mesas o carretas en una esquina y venden vegetales, mariscos y hasta comida rápida. Y nadie les dice nada, no pagan local ni tasas de permisos. Nada”, precisa Avilés. Además, menciona que la acumulación de basura que queda luego de que las personas se van les causa otro problema.
Los otros moradores, los que compran, admiten que la desorganización no es el camino correcto para obtener el producto más barato, pero dicen que mientras esos puestos estén ahí preferirán comprar en esos lugares. “No es que los precios son una ganga, pero uno tiene el chance de regatear y llevar más por menos centavos, que después de todo siempre hacen falta”, sostiene Esperanza Mancheno, vecina de Sauces 5.
En Villa España la situación es similar. Ahí los comerciantes hacen hasta sus propias instalaciones eléctricas para que los conductores puedan verlos.
“Todos necesitamos trabajar. Nosotros no le hacemos mal a nadie. Estamos empezando y no nos alcanza para poner un local”, argumenta ‘Silvia’, una de las siete vendedoras que se ubican en uno de los parterres de la avenida que lleva a la ciudadela Villa España 1.
Priorizan las zonas turísticas
El coronel Roberto Viteri, subjefe de la Policía Metropolitana, explica que ellos realizan operativos eventuales en las ciudadelas norteñas mencionadas, pero que su labor se centra en zonas del centro y sur de la ciudad. “Nos focalizamos en donde hay mayor informalidad. Hay sectores turísticos que no podemos descuidar y debe haber policías permanentemente”, sostiene.
Además, menciona que los vendedores informales tienen la oportunidad de regularizarse y ajustarse a las reglas que exigen las ordenanzas municipales.