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Impotencia de la gran potencia

Impotencia de la gran potencia

El debate anual de la Asamblea General de las NN. UU. reunió a una amplia nómina de líderes mundiales. Allí, el presidente de la primera potencia global dejó claro que no alberga ninguna ambición de implicarse en la resolución de problemas comunes y no es el único con este tipo de inclinaciones. Para quienes confiamos en la cooperación internacional como herramienta de progreso por su capacidad de ejercer de necesario complemento de la globalización económica, el debate dibujó un panorama desalentador. El interés cortoplacista de ciertos dirigentes, a menudo revestido de “interés nacional”, es uno de los factores que están sumiendo a las relaciones internacionales en su período más convulso desde la Guerra Fría. Pero el auge de los populismos nacionalistas no es la causa, sino la consecuencia de las fracturas que llevan tiempo gestándose. Como todo proceso económico, la globalización posee una dimensión distributiva y está abocada a generar frustraciones en determinados sectores de la ciudadanía. El centro del espectro político occidental ha tendido a infravalorar los agravios ligados al aumento de la desigualdad intraestatal y ha puesto el foco sobre los beneficios agregados de la apertura comercial, que ha contribuido a reducir la pobreza de manera muy notable. Pese a que estos avances no deben despreciarse, es lógico que no todo el mundo encuentre consuelo diario en ellos. La “internacional nacionalista” impulsada por Trump y sus correligionarios se ha apropiado de un malestar que comenzaba a hacerse crónico y se ha lanzado en una cruzada para globalizar (paradójicamente) su particular versión del discurso antiglobalización. Que Trump contraponga globalismo a patriotismo es significativo. Ambos conceptos no están reñidos; su uso por parte de Trump busca blanquear las tendencias nacionalistas y nativistas de la actual Administración estadounidense. Estas trampas retóricas pueden cogernos con la guardia baja, más cuando quien recurre a ellas es un dirigente con la reputación de presentar sus ideas sin edulcorar. Pero es evidente que a Trump también le preocupa guardar las apariencias: proclamó que “América siempre elegirá independencia y cooperación sobre gobernanza global, control y dominación”. En lo referente a China, y pese a la relación de amistad que dijo mantener Trump con el presidente Xi Jinping, la diplomacia estadounidense habla abiertamente de competencia. China no siempre se adhiere a las normas internacionales, pero la respuesta eficaz consiste en reivindicarlas, no en arremeter contra ellas. Lamentablemente, esto es lo que está haciendo EE. UU. en infinidad de materias, como la comercial. En la Asamblea el ministro de Exteriores chino mencionó en cinco ocasiones el concepto ‘win-win’. Si Trump -junto con el resto de la «internacional nacionalista»- se sigue alejando de esta noción de beneficios mutuos, es de esperar que se ralenticen el crecimiento chino y el estadounidense. Renunciar a la cooperación multilateral conlleva resignarse a perder batallas como la del cambio climático, una actitud negligente de la Administración Trump. Vista esta alarmante dejación de funciones: ¿de qué le sirve a un país ser la primera potencia mundial si ante los grandes retos mundiales su Gobierno elige condenarse a la impotencia?

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