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Leo con gusto e interés las columnas de Fernando Balseca, pero con “La batalla (perdida) de las humanidades”, me ha tocado disentir. Balseca propone allí que es culpa de los políticos y de los programas académicos que las humanidades hayan perdido terreno ante las formaciones técnicas, sugiriendo de estas últimas una connotación utilitaria negativa, que sería perjudicial para el compromiso ciudadano como en última instancia para (alguna) cultura y para el progreso social.

Coincido con Balseca en las atrocidades de los pénsums académicos cuando son alimentados con el prejuicio de las ideologías. Coincido también con él, aunque en esto compartamos justamente un prejuicio ideológico, en que las formaciones técnicas son (por definición) utilitarias y por ende tenderían a empobrecer el curso de la civilización.

Mi discrepancia de fondo con Balseca va contra la connotación universalmente positiva que él asigna a las humanidades.

La culpa de que las humanidades recedan ante formaciones técnicas es de las mismas humanidades, de sus profesores y facultades. ¿Por qué? Porque a pesar de que se insertan en la tradición científica de las universidades, de que declaran que su estudio debe servir para comprender mejor al mundo que nos rodea, no han logrado alcanzar la sistematicidad de un pensamiento científico. Porque las humanidades se dictan en edificios vecinos a los de las ciencias exactas y poco o nada han aprendido de aquellas: ¿o acaso el literato, el abogado, el historiador, el antropólogo, el politólogo, o el economista pueden decirnos que sus ideas son capaces de trascender las influencias ideológicas de cada época? Son entonces presa, las humanidades, de las mismas ideologías que pretenden combatir.

Mi opinión es que las humanidades lograrán redimirse cuando puedan responder con mayor rigor a los desafíos universales y sistemáticos que enfrenta el mundo para progresar, en lugar de ser los nichos en los que se esconden agazapados supuestos gurús cuyas limitaciones son, en última instancia, las mismas ideologías contra las que se rebela Balseca.