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Historias vivas de un asilo

Integración. Tanto los de pensionado como los casos acogidos por la Junta gozan de la misma alimentación, comparten actividades y reciben los tratamientos que su salud amerita.

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La agilidad ha huido de sus vidas. Sus movimientos se han tornado más lentos y cortan los materiales de las clases de manualidades de una manera tan sutil, como si tuviesen miedo de lastimar los retazos de tela. Algunos conversan animadamente con sus compañeros, mientras otros trabajan en silencio, tal vez recordando la alegría y por qué no, las tristezas que han vivido. Cada residente del Hogar Corazón de Jesús tiene una historia que contar y EXPRESO les dará voz a tres de ellas.

Juan Peña es el nuevo del hogar. Tiene menos de tres semanas de haber llegado, gracias a la compasión de un amigo que presentó su caso ante la Junta de Beneficencia. A sus 83 años aún dormía en los asientos de los buses al que algún chofer le permitía subir. Llegó a esta ciudad cuando era un niño: diez años tenía. No lo hizo solo, vino desde Riobamba con su mamá que enferma buscó atención médica en el Hospital Vernaza, pero que al poco tiempo murió.

Creció a la deriva, trabajando en lo que hubiese, “fui oficial de bus y también manejaba, pero no saqué la licencia porque no tenía el dinero para hacerlo”, menciona Peña. Pero ahora la situación cambió y este adulto mayor ya tiene un hogar en el que alguien vele por él.

Ese mismo calor de familia es el que recibe Gladys Llobet, una uruguaya que llegó al Hogar traída por su hijo y que, aunque el volumen de la voz para hablarle sea alto debido a su sordera, no ha perdido las habilidades que desde joven tienen sus manos. En su país natal fue docente de dibujo, bordado y encajes, además de una acérrima amante del baile. Ríe con picardía al recordar que era selectiva con sus parejas de danza. “Si yo veía que no sabía bailar, yo ni salía” sostiene.

Ella no es una residente más, es la experta en las clases de manualidades. Sabe todos los trucos del tejido e incluso cuenta que hacía prendas para toda la familia. “Deshacía el anterior, madejaba la lana en una silla, la lavaba y volvía a hacer otra cosa” asegura Llobet. De hecho aún lo hace, su acompañante, nuera y nietas visten sus diseños.

Existe la creencia de que una vez que se entra al asilo no se vuelve a salir, sin embargo, esa es una regla que allí no se cumple. Los residentes tienen la facultad de salir todos los días si así lo desean, claro está que este permiso varía dependiendo de situaciones como su estado de salud o niveles de independencia. Emilio Gallegos es uno de esos casos que destruye el mito. Este hombre, amante de los libros y que guarda consigo una colección fotográfica que refleja momentos históricos para el país, no pasa todas sus jornadas encerrado en el asilo. “No es una cárcel como la gente piensa”, insiste Gallegos.

Y es que este intelectual, que es parte de un interesante árbol genealógico como ser nieto de un miembro de la delegación ecuatoriana que acudió al funeral de la reina Victoria, conoce cada rincón del Hogar Corazón de Jesús. No, no es porque lleve décadas en el asilo, sino porque sus padres también vivieron allí durante once años. Vivía en Europa, pero regresó debido a que ellos envejecían. “No es lo mismo mandar el dinero que el calor humano” recalca.

Sus padres murieron y ante la inminente llegada de la edad dorada optó por ir donde también estuvieron sus progenitores. Más de un siglo de historias guarda este asilo, un lugar que es ahora la última casa de guayaquileños como Gallegos o foráneos como Peña y Llobet. Y si bien es cierto la mayoría de ellos han perdido la agilidad de los años mozos, han ganado un tesoro de vida: la sabiduría.

Un hogar para indigentes

Al principio el Hogar Corazón de Jesús se creó para darle un hogar a los mendigos de la ciudad. Motivado por ellos se construyó este lugar, que fue la primera edificación realizada por la Junta de Beneficencia.

Sin embargo, con el pasar del tiempo su público se amplió. Se creó el área de pensionado al que ingresaron los adultos mayores cuyos familiares sí podían costear su estadía en el lugar. Pero, eso no hizo que se abandonen los casos en los que la Junta es la benefactora que asume los gastos de sus casos.

Más que un lugar para estar, el Hogar busca convertirse en un sitio para vivir a plenitud. “No queremos simplemente recibirlos, sentarlos en una silla o cama y esperar que pase sus últimos días”, así lo asegura Eduardo Romero, inspector del Hogar.

Para cumplir con ese objetivo han creado un departamento de gerontología que se ocupa de desarrollar talleres para que los adultos mayores “se den cuenta que ellos están bien y pueden aún hacer muchas actividades” señaló Romero.

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