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Los heroes anonimos de una catastrofe

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No quieren que los llamen héroes ni que les entreguen reconocimientos por lo que hicieron después del terremoto del 16 de abril, que dejó 660 muertos, más de 5.000 heridos y unos 50.000 damnificados. Dicen que ellos solo cumplieron con su deber de ciudadanos ante una situación de catástrofe.

Pero para los afectados y damnificados del sismo más fuerte del siglo, ellos son los héroes anónimos que llegaron para asistirlos, transportarlos, darles de comer, beber y curar sus heridas. Son cientos los que dejaron a sus familias y sus trabajos a un lado para atender a los más necesitados en esas primeras 72 horas críticas, después del terremoto.

El traumatólogo Carlos Chiriboga integró el primero de los tres grupos de médicos de Guayaquil que, con la logística del Omnihospital, viajaron con material quirúrgico e insumos médicos donados para atender a los heridos en Manabí.

Ramón Barredo, Mario Murgueitio, Jorge Barona, Fabián Salinas, Santiago Trujillo, Gustavo Proaño, Eduardo Montanero, Fernando Luzuriaga, entre otros, conformaron el equipo de traumatólogos que arribó al colapsado hospital de Manta. Allí atendían a los heridos en carpas dispuestas en el patio, bajo un calor abrasador que hacía imposible las cirugías durante el día porque se ponía en riesgo la vida de los heridos.

Estuvieron cuatro días consecutivos atendiendo heridos y haciendo cirugías con el apoyo del médico general Antonio Martínez y el anastesiólogo Fernando Flores.

“El primer día tuvimos que operar en las carpas en las noches, porque las altas temperaturas lo impedían a otras horas. Al día siguiente fuimos llevados a Portoviejo para que operásemos en el hospital móvil No 2 del Ministerio de Salud. Trabajamos juntos con los médicos cubanos”.

Un segundo equipo de médicos traumatólogos de Guayaquil los relevó el viernes 22 de abril en las cirugías de contingencia, en un ambiente de mucha tensión y dolor por lo que estaba sucediendo. Días después llegó el tercero a Bahía de Caráquez y, como ellos, muchos más llegados desde otras ciudades del país.

En el enorme ejército de voluntarios estuvo la guayaquileña Dennys Duque Reyes, de la Cruz Roja del Guayas que, con otros 25 compañeros llegó a Manta a las 09:30 del martes. Su misión: asistir a los damnificados y levantar información que les permitiera canalizar la ayuda. Tenían que censar 20 casas por cuadra.

Cuando estaba ejecutando esa tarea, en la zona cero de Manta, dieciséis niños la rodearon pidiéndole agua. Abrió la única botella que llevaba consigo para todo un día de trabajo, y empezó a darle un sorbo a cada uno. El líquido se le acabó cuando faltaba uno. Sus lágrimas rodaron. Pero salió en busca de un compañero para que le diera de su ración para aquel pequeño, cuya mirada no podrá olvidar jamás.

Otros 80 voluntarios de la Cruz Roja -ninguna recibe salario- llegaron casi al mismo tiempo de otras partes del país, para asistir a otras poblaciones manabitas afectadas. El primer día, la jornada comenzó a las 09:30 y culminó a las 04:00, en la oscuridad de la madrugada.

Dennys cuenta que atenuaban el cansancio del cuerpo con cánticos y desinflamatorios. En las madrugadas, conciliaban el sueño en bolsas de dormir, después de estar de 08:30 a 17:00 en labores de campos y a partir de esa hora en los centros de acopio, descargando camiones y armando kits de alimentos.

Durante el tiempo que estuvo en Manta, Dennys halló solidaridad en todos lados. En los taxistas que los trasladaban gratis; en la señora Matilde -no recuerda su apellido- que logró salvar a su esposo de entre los escombros y después ayudó a cargar a unas 30 personas hacia una zona segura y, en los estibadores del puerto que ayudaron a descargar los camiones con víveres y vituallas.

Lejos de la zona cero habían otros voluntarios, en los centros de acopio. En el del Centro de Convenciones, del Municipio de Guayaquil, está aún Maritza Echeverría. Al lugar llegó a las 18:00 del domingo 17 de abril, con las ganas de servir. Se echó al hombro la coordinación de decenas de voluntarios que ayudaron a recibir, clasificar y empacar los víveres y vituallas. Durante cuatro días durmió allí a pesar de la preocupación de sus hijos y el pedido de su esposo de que retorne a casa.

Ha pasado un mes y Maritza sigue ayudando, aunque ya en menos horas.

Quien sí pasa todo el día en el centro de convenciones es Guido Chiriboga (57 años), quien usa muletas desde hace 12 años por un accidente de tránsito. Sus limitaciones físicas no le impiden servir en la coordinación de los kits de limpieza en los que, dice, se imprime el amor por el prójimo, que necesita alicientes para seguir. No solo es cuestión de armar los kits, dice, sino en que cada uno muestre que fue hecho con amor para quien lo recibirá.

En Manta, después de constatar que su familia estaba bien y a salvo, Monserrate Macías y sus hermanos decidieron, como muchos en las primeras 24 horas, ayudar en la atención de los heridos y el reencuentro de las familias.

Al día siguiente, recuerda, se impusieron otra tarea: alimentar a los cientos de rescatistas que llegaron a Manta y Portoviejo para extraer a los sobrevivientes y los muertos de los escombros.

“Nos organizamos con otras familias para cocinar y repartir cientos de platos de comidas en las tardes y en las noches en Manta y Portoviejo. También llegamos a Tosagua. Mucha gente nos ayudó con víveres y vestimentas para entregarlas a los damnificados”, cuenta.

Aunque después de varios días de arduo trabajo retomó sus actividades habituales, todos los días dedica un poco de tiempo para continuar ayudando, pero ahora, desde una improvisada oficina. No descansará, dice, porque su pueblo la necesita.

A unos kilómetros de Manta, en Jaramijó, estuvo el periodista Carlos Delgado Delgado prestando su ayuda desde el mismo instante en que ocurrió el terremoto, el 16 de abril.

Recuerda que estaba en una exposición con treinta pescadores cuando ocurrió la devastación. Todos lograron salir antes de que el edificio de cuatro pisos se desplomara.

En la calle, después de cerciorarse que sus familiares estaban bien, se encontró frente a decenas de heridos que reclamaban por ayuda.

Junto a su hermano Miguel decidió convertir a su vehículo en ambulancia porque las que habían eran insuficientes. Pasó las primeras horas trasladando heridos al hospital y después, con un voluntario de la Cruz Roja del que solo sabe que se llama Sandro, improvisó un campamento para dar los primeros auxilios a quienes lo necesitaran.

Fue allí donde convenció al hombre que llegó con su esposa con cortes en sus extremidades que les ayudara a trasladar a más heridos al hospital.

Fue una noche en donde muchos, cientos, se convirtieron en enfermeros, transportistas, orientadores, rescatistas, estibadores para salvar vidas y brindar asistencia a los damnificados. Entre ellos también está Carlos Manzano, de 34 años, quien vendió su planta de purificación de agua a precio de costo, para que pudiera servir para aplacar la necesidad de los damnificados de Pedernales.

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