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Diario Expreso Ecuador

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El gol no se grita, se posa

Gabriel Batistuta ganó portadas cuando marcó para la Roma contra el Fiorentina, su otrora equipo, y hasta lloró

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Cuando chicos, un gol era una estampida. Un gol era una carrera, una persecución del equipo cómplice del goleador. Un gol era una avalancha de cuerpos en la grama. Ya no. Hoy un gol también es un arte que se grita en las tribunas y se posa en la cancha. Las celebraciones del gol son un ritual, descompuesto con los años, como todo.

Nadie sabría marcar la fecha en la que una anotación, decisiva o no, empezó a servir de excusa para desnudar el alma del jugador y convertirse en algo tan recordado como los goles mismos.

Y allí están entonces los Cristiano que se esculpen a sí delante del estadio, sabiéndose dioses, o se señalan con la certeza de estar apuntando el camino del equipo al éxito, ellos mismos. Y los Messi, más cristianos que el de nombre, que abandonan su mirada al cielo como dando gracias o abandonan el gesto común para sumarse a una campaña contra el cáncer o, en un ataque de euforia, dejan ver el 10 de la azulgrana para decir que están allí justo cuando los acusaban de no aparecer. Puede ser el 10. O el 44 de los Álvez, que en otras instancias y latitudes quiso decir exactamente lo mismo.

El arte del postgol, como debería llamarse la celebración, es (como todo arte) decir mucho o decir nada. Los Balotelli que no tienen idea de qué es celebrar porque marcan por inercia, por obligación de llevar su apellido, saben que hay momentos para decirlo todo: entonces se dejan el torso desnudo, con pose de gladiador negro, cuando en la hinchada del estadio hubo un grito racista. Son los Dybala los que hacen honor a su equipo italiano y se visten la cara de gladiador. Son los colombianos, todos, como en cualquier lugar más allá del fútbol, los que se muestran unidos y orgullosos de su esencia nacional, rica y bailarina.

Entre tanto por decir, entre tanto por revelar, hay siempre espacio para el hueco selfi: el corazón de las manos de Di María, que es uno de tantos: el guiñito, el puñito, la orejita. Porque entre tanto arte siempre hay espacio para los que, en lugar de un mensaje, prefieren una marca. Eso también es un gol: marketing.

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