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Frutos de la cosecha

Es común desde la época escolar escuchar la frase con la que aprendemos a leer: “Mi mamá me mima”. Pero es posible que en casos de edad avanzada o enfermedad, un hijo o hija pueda decir: “Yo mimo a mi mamá”. Hoy les contamos tres testimonios, producto de tres valiosas mujeres que hicieron una buena siembra y que hoy recogen los frutos de sus hijos en los momentos más difíciles de sus vidas. Un homenaje a las madres, sí; pero también a los hijos que las valoran y retribuyen lo recibido, con el más grande de los regalos: profundo amor y dedicación.
“Su medicina soy yo”
Pasar por Mirtos entre Ficus y Guayacanes (Urdesa central) siempre llamó mi atención, pues en esa cuadra en una casa de color rojo parece que hasta las paredes hablan del amor que hay allí: el consultorio-domicilio del doctor César Merino, reconocido urólogo de Guayaquil, quien desde hace 10 años cuida a su mamá Elvira Espinoza, de 83, víctima del alzhéimer. Todo está pensado en función de doña Elvira. La casa se compró pensando en ella: una planta, puerta de ingreso grande para movilizar su silla de ruedas hasta el auto, su baño y rincones con accesos y seguridades. Acopló su régimen alimenticio a ella. Hace siete años se hizo vegetariano, pues este tipo de comida favorece a la salud de su madre.
Reuniones y viajes se cancelan. “Soy como papá soltero, y es un placer. Cuántas veces ella lo hizo por mí. No hago nada extraordinario, solo extiendo la mano a la primera persona que me la extendió”, dice.
Al no haber fármacos para el alzhéimer, el galeno vio que su medicina era él, su amor y paciencia. Reconoce que al inicio le dio vergüenza agarrarla de la mano, pero ese día se confrontó: “Y cuando ya no esté ella, ¿qué pasará?”. Enseguida le tomó la mano y no la suelta desde entonces. Sus muestras de cariño y atenciones hacia ella son famosas en los malls, lugares a los que acuden cada día, pues es un sitio en el que puede caminar más segura y la entretiene. Incluso la gente que los ve los felicita. Una vez en un centro comercial iban a comprar ensalada, pero el local ya no estaba atendiendo. Fue hacia la mesa de su mamá y empezó a ser como siempre es, cariñoso. Y la persona que le dijo que ya no atendían, le regaló (con una sonrisa) la ensalada que deseaba. En cada salida Merino le dice a su mamá: “¿Qué centro comercial vamos a conquistar hoy? Vamos a...”.
Su madre es su todo, lo dice públicamente. Tiene una foto de ambos en su perfil de WhatsApp. No le importa comer frío, pues ella lo hizo por él; y trata de interpretar lo quiere, pues ella no habla, “lo mismo hizo conmigo cuando era bebé”. Cada día juntos ven TV antes de dormir y su nido de amor, como él le llama al sofá, los abraza. No ha cambiado de profesión, pero por ella se convirtió en un excelente tinturador de cabello.
Ser médico y soltero ayudó. En cuanto tose, le vienen los exámenes sobre el pulmón. Sus conocimientos le hacen pelear por los diagnósticos. Hace tres años le querían poner un tubo para alimentarla. Él sabía que no era correcto y hasta hoy sigue comiendo por la boca.
El amor por su mamá lo hace sonreír. Es más: no permite dramas en su casa, ni del personal que la atiende, ni de él mismo, por eso no hay diarios en casa, ni se dan malas noticias. Por ello cuando falleció su padre y colega, el doctor Eduardo Merino, no vistió de negro para que ella no supiera. Mientras velaba a su papá, él seguía con las rutinas con doña Elvira, a quien cariñosamente llama ‘Alicia en el País de las Maravillas’, pues él ha creado un mundo feliz para ella.
“Cuando mi mamá ya no esté quiero terminar tan cansado, con el placer de que hice todo por ella”.
Doctor César Merino || Urólogo
El equipo perfecto
Son las 19:30 y los hermanos Guadalupe (50 años) y Stalin Villamagua Espinoza (38) están juntos, como todos los días, desde hace tres años y tres meses. ¿La razón? Cuidar a su madre, Mercedes Espinoza, de 74 años, quien el 21 de enero de 2013 sufrió una agresión física que la dejó en estado vegetal. Desde entonces, la abogada y el contador tuvieron que transformarse en médicos y enfermeros; por eso se asesoraron con el personal del Seguro Social y hasta en Internet. Pero no son los únicos que integran este amoroso equipo, que se concentra en la casa de Guadalupe (suroccidente de Loja), pues su hermana Patricia (48) los releva los fines de semana; Wladimir (42), quien vive en España, cuando viene apoya a sus hermanos con los turnos y económicamente; y Patricio Jaya (hijo de Guadalupe, también abogado) trabaja, como el resto, desde casa. Todos tienen sus respectivas familias, pero se las arreglan para dar su mano.
A doña Michita (como le dicen sus amigas) la cuidan de manera tan especial que su cuerpo no tiene lesiones, pues cada hora la cambian de posición y todas las noches le hacen dos horas de ejercicios. Uno se encarga de comprar la medicina, otro de los masajes, la comida, de cambiarla; se dan la mano el uno al otro. Es que ellos recuerdan que su mamá se preocupaba de los cuatro por igual, que no había preferencias. Por eso todos la atienden por igual. Para asistirla y estar cerca de ella, cada uno cuida al máximo la salud propia. “Tenemos que estar bien, porque la única que se va a perjudicar sería mi mami”.
Recuerdan que doña Michita era bromista, el alma de las fiestas y le encantaba bailar. Navidad y fin de año eran su oportunidad para hacerlo.
Guadalupe recuerda que una vez su mamá le dijo “Cuando sea viejita, me cuidas vos, pero eso sí: no me vayas a hacer trencitas, ni me vayas a castigar, o me voy de la casa”. Su hija le contestó que eso no sucedería. Aunque aparentemente su madre no puede verlos ni oírlos, los hijos de doña Mercedes disfrutan de su presencia. Todos coinciden en decir que lo único que le piden a Dios es continuar teniendo inmensas cantidades de voluntad, paciencia y fuerzas para seguirla cuidando.
“Mamita, no cansas a nadie. Lo que estás viviendo, para nosotros es una bendición, porque te podemos cuidar”.
Guadalupe Villamagua
Amor que venció al cáncer
La espontaneidad y alegría son características de Karen Navarrete Madero (35), pero un tumor cancerígeno extendido en diferentes órganos en su madre, Carmen Madero Serrano (70), le quiso apagar su sonrisa, pero no pudo, ya que su fe fue mayor. Ellos viven en Machala, pero los viajes a Solca de Guayaquil se volvieron obligatorios.
Cuando les dieron el diagnóstico (enero de 2015), su padre, el mayor del ejército (retirado) Ignacio Navarrete empezó a llorar, pensando quizá que esa batalla era muy dura. Pero las armas de Karen son más potentes que las balas y tanques: la oración y fe vencieron.
Revela que el galeno les pronosticó que su madre no superaría el año de vida, pero ella no creyó en esa valoración médica y decidió estar con ella a tiempo completo y ser parte de esta lucha, acompañándola a las quimioterapias, dejando la empresa familiar en manos de su hermano José (43), informando todo a su hermana Karla (44) que vive en EE. UU., ejerciendo el rol de enfermera (que implica inyectarla, darle de comer, hacerla dormir, etc.) e incluso encargándole a su hijo mayor, Joe, el cuidado del pequeño Troy.
Sin duda esta fue una prueba de fe, pues Karen narra que en cada quimioterapia se enteraban de que alguien moría de cáncer. En la primera falleció su padrino de bautizo. Pero luego de las ‘quimio’ en Machala la esperaba una fiesta. Su organizador era Troy, de seis años, quien la recibía con la música de la época de la abuelita, una torta y las rosas sembradas por doña Carmen. En fin, se dedicaron a consentirla y animarla. Es más: viajaron a Disney y en Norteamérica su sobrino, periodista de espectáculo, le tuvo una sorpresa: arregló una cita con la actriz Adamaris López, quien también derrotó al cáncer. Conversar con la artista la alentó mucho.
A pesar de su enfermedad, ella no dejaba de ir a las reuniones del movimiento católico Camino a Emaús, con Karen, José y su padre. “Por eso Dios nos hizo el milagro y la sanó, pues en enero de este año el mismo doctor que nos dio la mala noticia decía que a su ojo humano, clínico y médico no encontraba nada de cáncer”. Vencieron al enemigo, pero Karen sigue pendiente de su madre y no deja de tener atenciones con ella.
“Así enferma y todo nos fuimos a un retiro y la gente se asombraba porque mi mamá no oraba por ella misma, sino por las mujeres que iban al retiro”.
Karen Navarrete