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Frente al narcoterrorismo
Reclamaba nuestro editorial de ayer que “la nueva situación creada por el surgimiento de actividades de narcoterrorismo en la frontera norte del Ecuador, hace imprescindible el fortalecimiento de las labores de inteligencia”. Y agregaba: “En buena hora pareciera que en el Gobierno hay plena conciencia de ello y se están tomando las medidas para robustecer el cumplimiento de esas tareas de inteligencia y contrainteligencia, devolviéndoselas a las Fuerzas Armadas y a la Policía Nacional, que tienen que poner bajo su vigilancia una frontera de 700 kilómetros de extensión”.
Hoy, en conocimiento pleno del nuevo atentado realizado en Mataje, que ha causado la muerte de tres integrantes de una patrulla de la Infantería de Marina y herido a otros 11 de sus miembros, no cabe sino reiterar el punto de vista obtenido de la experiencia de países que han enfrentado situaciones similares, añadiendo lo que también fue señalado en el editorial antes citado: “la imprescindible colaboración ciudadana” para intentar culminar con éxito una tarea de la magnitud de la que ahora toca emprender.
Por otra parte, y como resultado de sucesos recientes que ratifican una antigua sospecha, también deben proceder nuestros institutos de seguridad a una observación a fondo de sus integrantes, de modo que se garantice la ausencia de cualquier género de filtraciones respecto a sus operaciones futuras, a partir de la potencial presencia de infiltrados vinculados con los narcotraficantes. No existen posibilidades de éxito en el combate que ha comenzado si no se cuenta con la certeza de lealtad en quienes lo van a llevar adelante.
Obviamente, por encima de cualquier género de prejuicios es imperativo contar con el apoyo de Colombia, desde cuya frontera sur se producen los ataques, y también con el de los Estados Unidos de América y otros países empeñados en el combate de un flagelo universal. Ello, cabe reiterarlo, no tiene por qué involucrar el establecimiento de bases militares en nuestro país, que para el efecto no hacen falta pero sí el más fluido intercambio de información y de tecnologías, que son tan imprescindibles como el apoyo de la población civil con la que, cabe insistir, se debe propiciar un reencuentro con las fuerzas de seguridad.
La nueva situación obliga a nuevos planteamientos estratégicos.