Extremismo: extranas companias

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Extremismo: extranas companias

Extremismo: extrañas compañías

En la actualidad asociamos la extrema derecha con la islamofobia cerril. No siempre fue así, aunque entre la extrema derecha (particularmente la europea) y el radicalismo islamista hay una profunda conexión, y los adherentes de ambos grupos comparten algunos rasgos importantes. Muchas veces los vínculos fueron obvios. Amin al-Husseini, gran muftí de Jerusalén entre 1921 y 1937, mantuvo estrechas relaciones con los regímenes fascistas de Italia y Alemania. Después de la II Guerra Mundial, muchos nazis se refugiaron en Medio Oriente, e incluso algunos se convirtieron al islam.

Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en EE. UU. fueron aplaudidos por neonazis en ese país y Europa. En los cuarteles del Frente Nacional, en Francia, hubo festejos; grupos neonazis alemanes quemaron banderas estadounidenses. Un grupo islamista fue prohibido en Alemania en 2003, entre otras razones, por tener contactos con la extrema derecha. Esta alianza “non sancta” se ha sostenido políticamente sobre sus enemigos comunes: los judíos, el Gobierno de EE. UU., el presunto “nuevo orden mundial”. Pero un análisis más detenido de sus componentes ideológicos y psicológicos revela conexiones más profundas. Los ideólogos islamistas y de derecha promueven una visión autoritaria, jerárquica y a menudo ritualizada del orden social y de la vida cotidiana. Prometen purificar la sociedad, eliminando la corrupción que la alejó de su pasado glorioso. Y creen que su “supremacía” racial o religiosa justifica subyugar e incluso esclavizar a otros grupos. Según especialistas en psicología política, las ideas conservadoras y de derecha suelen ir acompañadas por mayor propensión a sentir asco, “necesidad de cierre cognitivo” (preferencia por el orden, la estructura y la certeza) y clara demarcación entre el grupo propio y los ajenos. Esas investigaciones analizaron la conducta de personas pacíficas, pero hay pruebas de que los extremistas islámicos y de derecha comparten estos rasgos de personalidad: examinamos los antecedentes académicos de más de 4.000 extremistas de diversos tipos y países de origen y hallamos que entre los fundamentalistas islámicos nacidos y educados en países musulmanes, hay 17 veces más ingenieros que en la población general, y que la proporción de graduados universitarios entre los extremistas es cuatro veces mayor. Dentro del mundo musulmán, la probabilidad de que un ingeniero se una a un grupo radical es mayor en países donde una crisis económica priva de oportunidades de empleo a las élites educadas, y crece especialmente al principio de la crisis. Pero los ingenieros también abundan entre los extremistas islámicos criados en Occidente, con oportunidades de empleo mayores. Además, son menos propensos que los graduados de otras profesiones a desertar y abandonar el islamismo violento, y también están sobrerrepresentados entre los ultraderechistas con educación universitaria, mientras que casi no los hay en grupos radicales de izquierda (donde habría más graduados de humanidades y ciencias sociales). Por supuesto que la mayoría de las personas que estudian ingeniería o tienen una fuerte preferencia por el orden no se convertirán en extremistas, pero obtener esa comprensión psicológica puede ayudarnos a encontrar formas mejores de satisfacer necesidades, antes o después de que tenga lugar la radicalización.

Project Syndicate