El eterno ‘brexit’

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El eterno ‘brexit’

El eterno ‘brexit’

Los parlamentarios británicos pronto tendrán que tomar una de las decisiones políticas más difíciles de sus vidas. La elección será entre aprobar el acuerdo para el ‘brexit’ negociado por la primera ministra Theresa May con la Unión Europea, salir de la UE por las malas sin un acuerdo o tratar de revertir todo el proceso de salida. En relación con la tercera opción, ya pasaron dos años y medio desde que una escasa mayoría de los británicos votó por abandonar la UE, y las últimas encuestas ahora señalan que una mayoría preferiría quedarse. La decisión de celebrar un referendo sobre la pertenencia a la UE la tomó el predecesor conservador de May, David Cameron, al parecer pensando más en consideraciones políticas que en el interés nacional. Cameron esperaba restar poder a una facción de su partido formada por oportunistas y nacionalistas ingleses de derecha, pero por su inepta jugada tuvo que renunciar al poco tiempo, dejándole a su sucesora la nada envidiable tarea de interpretar el verdadero significado del resultado del referendo. May decidió que “brexit es brexit”, y desde entonces ha liderado un proceso al que ella misma al principio se opuso. Los partidarios del ‘brexit’ prometieron que el Reino Unido se quedaría con el pan y la torta. Pero la UE no pudo ni quiso permitir que un país disfrutara todos los beneficios de la pertenencia sin aceptar las obligaciones que trae aparejadas. Segundo: o se dieron cuenta de que los 27 Estados miembros que seguirán en la UE tienen mucho más poder para perseguir sus propios intereses colectivamente que el que tendrían por separado. Una vez fuera de la UE tendrá que decidir con qué bloque económico alinearse y aceptar sus reglas. No es un asunto de soberanía o satrapía. Tercero, May, inmediatamente después de iniciar las negociaciones para la salida empezó a plantear condiciones innecesarias. En el referendo no se habló en ningún momento del mercado común y la unión aduanera de la UE, o del Tribunal Europeo de Justicia. Pero May anunció que el RU debía abandonar esas tres jurisdicciones. Surgió enseguida la espinosa cuestión de la frontera irlandesa. Irlanda del Norte permanece en el RU, pero la República de Irlanda seguirá siendo miembro de la UE. Mientras ambas estén en el mercado común y en la unión aduanera de la UE, no hay ningún problema. Pero si una de las dos se fuera, habría que instaurar puntos de control aduanero en todos los cruces de frontera importantes, con consecuencias potencialmente peligrosas para el Acuerdo de Belfast, que restauró la paz en Irlanda del Norte hace una generación. El acuerdo de salida negociado por May intenta resolver todas estas complicaciones apelando a la cuadratura de varios círculos y a hacer tiempo en torno de aquellas cuestiones para las que no hay respuesta posible. Si su propuesta fracasa, los partidarios del ‘brexit’ querrán que el RU se vaya de la UE sin ningún acuerdo. Pero eso enfrentará mucha oposición. Otros quieren una salida basada en el “modelo noruego”, con permanencia en el mercado común y la unión aduanera pero libertad para actuar por cuenta propia en otros ámbitos. Y hay quienes piensan que cualquier acuerdo final de salida debe someterse a una “votación popular”. El argumento contra un segundo referendo es que sería profundamente divisivo. Los partidarios duros del ‘brexit no estarán satisfechos hasta que el RU abandone por completo la UE. Felizmente, es improbable que la población británica acepte esta opción. Pase lo que pase, el debate por el ‘brexit’ no terminará.