Emociones y gobierno

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Emociones y gobierno

La reciente victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos ha llevado a los analistas y a los expertos a explicar las razones de su triunfo. Luis Antonio Espino en la revista Letras libres ha sintetizado el éxito de Trump en una frase provocadora: “De nada sirvió el ‘Big Data’. ¡Es el discurso!”. Desde su punto de vista, ninguna de las herramientas más sofisticadas de hoy día para anticipar y prever las preferencias de votantes y de consumidores como el “Big Data”, “Social Listening” o la “Geospatial Referentiation” pudieron competir con la eficiencia comunicacional del entonces candidato a la presidencia.

Es importante analizar las razones que permitieron al discurso de Trump, según Espino, ser más convincente que el de su rival Hillary Clinton: consistencia (nunca cambió de discurso; narrativa (antes fuimos poderosos, hoy estamos en decadencia); promesas más atractivas (identificación de enemigos internos a base de jugar con prejuicios); autenticidad (decir las cosas como las dice la gente, coloquialmente, sin miedo a ser políticamente incorrecto); uso de la emoción (así fuese a base de activar el miedo y el odio).

La conclusión de Espino enmarcada dentro de lo que The Economist llama la “post-verdad”: “por mejores argumentos racionales que tengas, si no logras transmitir emoción genuina... la gente terminará por dudar de tus palabras... y de ti”.

El análisis es impecable. Lo que preocupa son las consecuencias. Las democracias se basan en las relaciones y decisiones de ciudadanos que escogen libremente su destino. Evidentemente, hay siempre en estas relaciones un componente de “agon”, de lucha, que no puede sin embargo desmarcar las reglas del juego democrático.

¿Qué pasa en el momento en que los ciudadanos de un país escogen el conflicto, el ajuste de cuentas, la exclusión, como norte para sus programas y políticas? Ciertamente, se puede replicar que las democracias, tal cual existen, no satisfacen. Pero entonces estamos ante algo más grave que una mera elección coyuntural de un personaje controvertido.

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