EE. UU. debe enfrentar la realidad sobre China

El acuerdo en Buenos Aires el pasado diciembre entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su par chino, Xi Jinping, llevó a muchos a suponer que la guerra comercial de los dos países pronto terminaría. Ese optimismo es injustificado, pero también los temores de una crisis económica global causada por una ruptura de relaciones entre EE. UU. y China.

Las frecuentes escaramuzas bilaterales continuarán, pero a pesar de toda la rivalidad económica y el desacuerdo político entre EE. UU. y China, un desenlace catastrófico es improbable, siempre que EE. UU. enfrente la realidad de tres maneras: para empezar, los responsables de las políticas en EE. UU. tienen que aceptar el “nuevo normal” de una China que hace alarde del mayor PIB del mundo (en términos de paridad de poder adquisitivo). Así como EE. UU. fue la economía más grande en el siglo XX, China lo será en el XXI. Mas, en cualquier escenario, EE. UU. seguirá siendo una potencia económica importante. 2°) EE. UU. debe reconocer la necesidad de reformas económicas estructurales en el país, de la misma manera que lo hizo China hace cuatro décadas, aunque con un foco y trayectoria muy diferentes. EE. UU. debería considerar sus propias políticas económicas insostenibles, el deterioro de su capacidad industrial y su inversión insuficiente en infraestructura, educación y capacitación. Si los responsables de las políticas en EE. UU. siguen preocupados por complacer a Wall Street, a las grandes empresas y a los economistas neoliberales, el desempeño económico del país se verá afectado y las desigualdades de riqueza entre los norteamericanos seguirán creciendo.

Esto a su vez aumentará el riesgo de mayor inestabilidad social, extremismo y populismo. Las élites estadounidenses no pueden darse el lujo de ignorar las señales de alarma obvias, de la misma manera que pasaron por alto la burbuja de las hipotecas de alto riesgo que desató la crisis financiera de 2008. Finalmente, EE. UU. necesita entender la perspectiva geopolítica y las intenciones de China, zona en que las evaluaciones incorrectas pueden derivar en un conflicto innecesario. China nunca ha buscado una expansión geográfica agresiva, ni siquiera cuando tenía el poder para hacerlo. Esto es consistente con una enseñanza clásica importante para los emperadores chinos conocida como la Doctrina de la Medianía, que sostiene que los intentos de buscar un predominio mundial siempre conducen a una destrucción nacional y traen desdicha al pueblo. Por otra parte, China se vio seriamente afectada por el imperialismo y el colonialismo de otras potencias en un pasado no tan distante y no tiene ningún deseo de repetir la experiencia.

Lo que China quiere es un sistema global justo y abierto en el que todos puedan participar equitativamente y que fomente la cooperación económica y cree que la mejor manera de sostener la paz mundial es que todos los países sean exitosos económicamente. Pero los líderes de China enfrentan serios desafíos propios para mantener la expansión económica del país, como su deficiencia tecnológica y la necesidad de crear suficientes empleos para la mayor población en actividad laboral del mundo. Al ser las dos economías más grandes del mundo, EE. UU. y China tienen una responsabilidad especial a la hora de gestionar una transición pacífica a un nuevo orden internacional multipolar. Lo harán de manera más efectiva si cooperan y enfrentan conjuntamente los desafíos que inevitablemente surgirán. EE. UU. debe enfrentar la realidad y aceptar el ascenso de China.

P. Yu

Es presidente del Consejo del Instituto de Nueva Economía Estructural en la Universidad de Pekín.