La difusa “oposicion”

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La difusa “oposicion”

Con la postergación de los anuncios de candidaturas por parte de algunos de los múltiples bloques en que intentan consolidarse los sectores que le disputan su hegemonía al partido del Gobierno, es visible a la fecha únicamente un candidato presidencial de fuera de las filas oficiales.

Salvo otro aspirante a la primera magistratura, de reciente aparición, cobijado por un socio de la alianza gubernamental que no deja claro si todavía lo sigue siendo, y el ya lanzado hace algunos meses pero, también procedente de las esferas cercanas al régimen, en el que tuvo cargos relevantes, no se conoce de otras postulaciones formales.

Los precandidatos, en cambio, han proliferado y aunque se presumió que la fortaleza del rival a vencer determinaría una gran unidad amalgamada por ese propósito, pareciera estar primando un desaforado electoralismo que es a su vez causante de un hecho lamentable: la fragmentación cada vez más evidente de bloques que se presumían sólidos y hacían sentir que se había alcanzado un cierto grado de madurez que privilegiaba lo considerado de interés nacional sobre los apetitos de grupos o personas.

Como siempre es posible argumentar en un sentido u otro, dependiendo del cristal con que se mire, no faltan voces que estimulan la comentada proliferación como un signo de madurez cívica, en función de que la participación es una de las categorías fundamentales del ideal democrático.

Sin embargo, no les resulta un comportamiento responsable a quienes observan desde otras ópticas, el constante y dinámico trasvase de figuras políticas de una determinada tienda política a otra, no necesariamente de su mismo signo sino, por el contrario, al polo ideológico más distante, si lo de ideológico es aplicable.

Lamentable aparece, más allá de las especulaciones de carácter electoral que desatan, que incluso agrupaciones políticas recién reconstituidas estén sufriendo profundos resquebrajamientos que nada tienen que ver con razones doctrinarias y apenas son evidencias de que, precisamente lo que no poseen quienes los protagonizan, es doctrina; y las asperezas son disputas motivadas por la necesidad de un determinado encasillamiento que les garantice permanencia en el, por hoy confuso, escenario de la vida política nacional, que mantiene los mismos tufos que la hicieron repudiable.