Dialogo en la universidad

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Dialogo en la universidad

Diálogo en la universidad

Parece una contradicción: se supone que la institución universitaria por su composición diversa debiera ser el espacio por excelencia del diálogo. Diálogo en que deben participar organismos reguladores y las universidades reguladas. Lamentablemente, en el pasado gobierno este diálogo no existió sino por excepción. Más que alegar sobre la realización o no de talleres y la celebración de encuentros de difusión de lo que se pretendía con la nueva reglamentación por parte de los organismos controladores del gobierno, hubo dos obstáculos fundamentales que volvieron imposible el diálogo: la convicción de que las universidades tenían que ser controladas hasta sus menores detalles, y la confianza a toda prueba en un modelo único de universidad que eliminase todas las diferencias, y volviese homogéneos los procesos. El control desmesurado, presunto símbolo de exigencia de calidad, se convirtió en arma de intimidación y a veces de capricho por parte de muchos funcionarios que, pese a ser universitarios consideraban a sus pares de calidad inferior.

El actual secretario de la Senescyt ha abierto una política de diálogo con las universidades donde la cuestión central, básica para la definición de las políticas por venir, es conocer el diagnóstico de la situación por parte de las universidades. También el presidente del Consejo de Educación Superior está impulsando espacios de apertura.

Los problemas de la imposición del modelo único de universidad y de la proliferación de requisitos reglamentarios están a la vista: alto número de proyectos de carreras y programas por aprobar, pérdida de la capacidad de cobertura de las universidades, descuido de las universidades públicas regionales en beneficio de las emblemáticas, persecución a las universidades privadas por el solo hecho de serlo.

Resulta evidente a estas alturas que hay que revisar la actual Ley de Educación Superior. Pero no para cambios cosméticos, como presentaron un grupo reducido de rectores o, peor aún, por algunos legisladores, para aumentar los controles y castigar la libertad y la diversidad.