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En deuda con la vida

Carmen despierta. Lo primero que ve es sangre en las paredes y ventanas de la avioneta. Los asientos están descolocados. Un paneo rápido la ayuda a ubicar a Al Gentry.

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Carmen despierta. Lo primero que ve es sangre en las paredes y ventanas de la avioneta. Los asientos están descolocados. Un paneo rápido la ayuda a ubicar a Al Gentry. Doblado sobre su puesto, agonizante. Él suplica ayuda, ella no puede pararse.

Busca al resto. Theo Parker tiene un hilo de sangre en la boca y Eduardo Aspiazu luce como dormido. Están muertos, igual que el piloto, el capitán Raúl Mortensen.

Es el 3 de agosto de 1993, hoy, hace 23 años. La bióloga piensa en la advertencia que le hizo a Aspiazu, entonces presidente de Fundación Natura, capítulo Guayaquil: es complicado sobrevolar la cordillera Chongón Colonche en agosto. La neblina es peligrosa. Se lo dijo a él y se paró para advertírselo al piloto dos segundos antes del impacto.

Carmen tiene el brazo quebrado. Con un esfuerzo sobrenatural, intenta pararse. Lo logra. Sale de la avioneta. Mira el bosque imponente. Tiene que ir por ayuda. Toma una tijera (los biólogos siempre tienen una en el pantalón cuando están de excursión). Corta la vegetación mientras avanza. “Para dejar huella, para marcar la ruta. Es la única manera de poder volver al lugar”.

Camina la Loma Alta, en Manglaralto (Santa Elena). Mientras lo hace, recuerda cómo había explorado la zona a pie y en mula cuando hizo el primer estudio de conservación, en los ochenta. Sobrevolarla con esos expertos tan importantes constituía un paso más en su carrera. El mismo Aspiazu le había hecho la invitación, al verla no solo como reconocida catedrática de la rama, sino como una de las activistas más comprometidas con la causa de la fundación.

Después de dos horas, llega a terreno plano. No hay nadie. Regresa al lugar, débil. En ese momento descubre que no es la única sobreviviente del vuelo. Hay otros dos, Alfredo Luna, investigador, con heridas graves por los cientos de vidrios incrustados en el rostro, y Jaqueline Goerck, ecologista y presidenta de SAVE Brasil (BirdLife). Tiene la cadera rota y está en estado de shock.

Los alienta a refugiarse dentro de lo que queda del transporte que iba a servirles para evaluar las condiciones geográficas del área y luego construir un corredor biológico que ayude a conservar la cordillera Chongón Colonche.

Gentry, que fue su maestro de cuarto nivel, muere esa noche. Con la luz del sol, sale con la brasileña en busca de ayuda. La extranjera apenas puede caminar, pero la acompaña. Perros ladran luego de un tiempo de andar. ¡Es una señal de que hay cazadores en la zona! Gritan ayuda. Gritan con la energía que les queda y con la convicción de que aquella es una mañana milagrosa.

Los héroes son comuneros. Improvisan camillas con palos y camisas. Solo ahí, la ahora decana de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de Guayaquil se entera de que además del brazo tiene rotos varios dientes y un ojo a punto de reventarse.

Operativo y rescate de cuerpos. Inhumaciones y repatriaciones. Trámites y dolor. Fundación Natura pierde su cabeza y las Ciencias Naturales a dos grandes representantes, Parker y Gentry. Luna vuelve a su ciudad natal, Quito. Además de los vidrios en el rostro, tiene una lesión en la cadera y otras consecuencias graves. Sufrió hasta de epilepsia. Goerck también regresa a su país.

Carmen agradece a sus salvadores hasta ahora. Regresó en varias ocasiones. Sola, con sus estudiantes y con otros activistas. Su objetivo es “devolverle el favor a la vida”.

Emprende allí proyectos educativos con los comuneros. En 2004 lanza un libro científico que le tomó años de investigación, “Flora del Bosque de Garúa de la Comuna Loma Alta, cordillera Chongón Colonche”, dedicado a la memoria de sus tres amigos naturistas. “Antes lo hacía por la ciencia; ahora también por gratitud”.

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